A photo taken 21 September 1985 shows the ruins of Hotel Regis, flattened in the 19 September earthquake, that struck Mexico City, killing up to 30 000 people. AFP PHOTO DERRICK CEYRAC (Photo by DERRICK CEYRAC / AFP)

El año 1985 quedó grabado en la historia de América Latina como un punto de inflexión sobre la gestión de los riesgos naturales. Tres eventos catastróficos –el terremoto de Chile del 3 de marzo, el terremoto de México del 19 de septiembre y la erupción del Nevado del Ruiz en Colombia el 13 de noviembre– dejaron miles de víctimas y expusieron las vulnerabilidades de la región. A 40 años de estos desastres, sus enseñanzas siguen vigentes en la gestión del riesgo, la cooperación científica y la preparación comunitaria.

Gabriela Herrera Malig | Geofísica y magíster en Ciencias mención Geofísica de la Universidad de Chile, investigadora en el Programa Riesgo Sísmico (PRS) y presidenta de la ONG CEUS Chileshare

Chile tiene bordes activos de placas Nazca-Sudamérica, Antártica-Sudamérica y Scotia-Sudamérica. Foto: Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile.Chile tiene bordes activos de placas Nazca-Sudamérica, Antártica-Sudamérica y Scotia-Sudamérica. Foto: Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile.

El 3 de marzo un terremoto de magnitud 8.0 sacudió la zona central de Chile, con epicentro frente a las costas de la Región de Valparaíso. El sismo que se sintió entre las regiones de Coquimbo y Biobío dejó 177 fallecidos, más de 2.500 heridos y cerca de 1 millón de damnificados. La destrucción de 142.489 viviendas y daños severos en infraestructura crítica evidenciaron la vulnerabilidad del país ante estos eventos.

Desde el punto de vista científico, este terremoto representó un hito por ser uno de los mejor registrados en campo cercano, lo que permitió avances significativos en el entendimiento de la sismología de subducción —cuando una placa tectónica se hunde debajo de otra—, que genera los terremotos de mayor magnitud como el señalado, que se presentó por la interacción entre la placa de Nazca y la Suramericana; así como el inicio de colaboraciones internacionales, considerándose a Chile como un “laboratorio natural” de la sismología.

Seis meses después, el 19 de septiembre, México enfrentaría su propio infierno. Un sismo de magnitud Mw 8.1 con epicentro frente a las costas michoacanas sacudió brutalmente la capital, en donde los efectos se amplificaron de gran manera debido a las características del subsuelo de origen lacustre. Por ende, el lugar y las características de las edificaciones pudieron haber sufrido diferentes niveles de daño, según su vulnerabilidad, el periodo de vibración, y los materiales y técnicas con las que fueron construidos. El Hospital Juárez, el Hotel Regis y el edificio Nuevo León en Tlatelolco, entre otros, se convirtieron en símbolos de una tragedia.

Las ondas símicas se incrementaron un 30 % al llegar al Valle de México, donde se encuentra la capital, que por su suelo lacustre vibró con violencia. Foto: Derrick Ceyrac / AFP.Las ondas símicas se incrementaron un 30 % al llegar al Valle de México, donde se encuentra la capital, que por su suelo lacustre vibró con violencia. Foto: Derrick Ceyrac / AFP.

Por otro lado, la respuesta ciudadana, con la emergencia de grupos de rescate como los “Topos”, contrastó con la descoordinación inicial de las autoridades. Como explica el sismólogo Gerardo Suárez, profesor del Instituto de Geofísica de la Universidad Autónoma de México (UNAM), “este evento fue un parteaguas que llevó a la creación de sistemas de alerta sísmica, programas de vivienda e inversión en infraestructura de medición sismológica”.

Mientras México aún se recuperaba, Colombia enfrentaría su peor desastre socionatural: la erupción del volcán Nevado del Ruiz, que desencadenó mortales lahares (flujos devastadores) que arrasaron con el municipio de Armero cobrando la vida o desapareciendo a más de 23.000 personas (el 94% de su población).

Los lahares representan uno de los fenómenos volcánicos más destructivos. Se trata de un flujo de lodo volcánico que se compone de una mezcla de materiales –desde cenizas hasta bloques rocosos– saturados de agua, que se pueden generar por múltiples causas: fusión de glaciares durante erupciones, lluvias intensas sobre depósitos volcánicos inestables, o incluso por sismos que movilizan sedimentos.

En el caso del Nevado del Ruiz, el lahar se originó cuando la erupción desprendió y derritió aproximadamente el 2% del casquete glaciar, desencadenando un flujo que alcanzó velocidades de 80km/h (Señal Colombia, 2024). Como demostró la tragedia de Armero, estos flujos tienen un poder destructivo único: no solo arrasan infraestructuras, sino que además entierran todo a su paso bajo metros de lodo que luego es petrificado, un fenómeno que hoy se monitorea con sistemas en tiempo real en los 25 volcanes activos del país (SGC, 2023).

La tragedia fue particularmente dolorosa porque existían advertencias científicas previas que no fueron adecuadamente comunicadas ni atendidas, según documentó el ingeniero geólogo Humberto González Iregui, profesor de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL). Un mapa de riesgo que se estaba elaborando semanas antes de la tragedia había identificado precisamente a Armero como zona de alto peligro, pero la falta de protocolos claros y la descoordinación entre autoridades condenaron a la población. Esta amarga experiencia llevó a Colombia a desarrollar uno de los sistemas de monitoreo volcánico más avanzados de la región, y a implementar estrictas políticas de ordenamiento territorial.

Cientos de niños desaparecieron tras la tragedia de Armero por falta de un protocolo para su atención. Foto: Luis Acosta / AFP.Cientos de niños desaparecieron tras la tragedia de Armero por falta de un protocolo para su atención. Foto: Luis Acosta / AFP.

Aunque estos tres eventos no estuvieron geológicamente conectados, sí comparten importantes lecciones para América Latina. Todos ocurrieron en países con alta actividad tectónica y volcánica, en donde el crecimiento urbano no planificado aumentó la exposición al riesgo. En los tres casos, la falta de sistemas adecuados de monitoreo y alerta temprana, sumada a deficiencias en la comunicación de riesgos y mitigación, exacerbaron las consecuencias, pero también demostraron la capacidad de resiliencia y aprendizaje: Chile fortaleció su red sismológica, México revolucionó sus normas de construcción, y Colombia implementó un sistema de vigilancia volcánica.

Cuarenta años después, instituciones académicas y científicas de estos países conmemoran estos eventos no solo como recordatorio del pasado, sino llamando a la acción. En particular, la Universidad de Chile, a través del Programa Riesgo Sísmico (PRS), ha organizado la campaña internacional “1985+40 años de aprendizajes ante desastres”, en alianza con diferentes instituciones y redes, la cual comprende una serie de coloquios internacionales, relatos ciudadanos, discusiones interinstitucionales, cursos, y un gran evento presencial que se realizará en Santiago de Chile en agosto 2025, cuyo principal objetivo es analizar y conmemorar 40 años de políticas de reducción de riesgos de desastres en América Latina.

periodico.unal.edu.co