Pese a los esfuerzos de las comunidades de Barrancabermeja y Puerto Wilches (Santander) para mantener viva la memoria de sus muertos y desaparecidos, convirtiendo la corriente del río en altar, archivo y testimonio del pasado, el conflicto armado aún sigue latente en sus territorios: solo entre enero y julio de este año se registraron 93 homicidios en Barrancabermeja, debido a disputas por el control territorial de grupos armados que todavía operan en el puerto petrolero más grande del país.

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Juan Esteban Correa Rodríguez | Periodista Unimedios Bogotáshare

En el río Magdalena pescar también es un acto de resistencia ante las heridas del conflicto armado. Foto: Laura Giraldo, magíster en Geografía de la UNAL.En el río Magdalena pescar también es un acto de resistencia ante las heridas del conflicto armado. Foto: Laura Giraldo, magíster en Geografía de la UNAL.

Según la Fundación Paz y Reconciliación, la desmovilización paramilitar y el Acuerdo de Paz con las FARC de 2016 no trajeron calma al Magdalena Medio, pues nuevos grupos armados y redes del narcotráfico siguen controlando barrios con fronteras invisibles.

El riesgo no solo viene de las armas: los derrames de petróleo por ataques o fallas en los oleoductos siguen amenazando al río Magdalena y a sus comunidades. En 2024, un atentado contra el oleoducto entre el corregimiento de El Centro y La Cira Infantas, en Barrancabermeja, provocó un incendio que obligó a decenas de familias a evacuar en plena madrugada.

El impacto de estos riesgos ha tenido otros antecedentes devastadores, como el registrado en 2018, cuando el derrame de 24.000 barriles del pozo Lizama 158 de Ecopetrol contaminó las quebradas Caño Muerto y La Lizama, que desembocan en el río Sogamoso y luego en el Magdalena. La mancha de más de 10km afectó a más de 1.000 animales entre aves, ranas, serpientes y tortugas, y a 16 familias que fueron desplazadas de sus hogares.

Una corriente del cambio

Durante los 18 años del conflicto estas comunidades fueron testigos de cómo las aguas del Magdalena se convirtieron en una fosa común y en una frontera del miedo: el río cargaba cuerpos sin nombre, los pescadores dejaron de salir al amanecer, los niños dejaron de bañarse y jugar en sus orillas, y las madres de los desaparecidos miraban la corriente esperando una señal de vida. Allí fueron asesinadas 6.000 personas, 2.000 desaparecidas y 25.000 desplazadas, según el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) y la Unidad para las Víctimas.

Pese a estas profundas heridas que les dejó la guerra, en Barrancabermeja y Puerto Wilches, municipios que vivieron una inclemente ola de violencia entre 1998 y 2016, cerca de 2.000 pescadores y habitantes de las ciénagas de San Silvestre y El Llanito, junto con la Organización Femenina Popular (OFP), liderada por mujeres desde hace 53 años, trabajan por recuperar y preservar tanto su memoria como la pesca, los cultivos y sus tradiciones, pues aunque la guerra les quitó el río a la fuerza, ellos nunca han renunciado a su derecho de seguir habitándolo y siguen fortaleciendo sus vínculos comunitarios para dejar atrás años de miedo y silencio.

Entre sus acciones más representativas está la apertura en 2019 del Museo Casa de la Memoria y los Derechos Humanos de las Mujeres, espacio que forma parte de la Red Colombiana de Lugares de Memoria, y la Cumbre de Mujeres Ambientalistas por la Vida, que este año reunió a 500 lideresas provenientes de los Llanos, el Pacífico y todos los rincones del país, para seguir alzando su voz en busca de la paz de sus territorios, la justicia climática y de género, y la soberanía alimentaria.

Navegando entre el dolor

Este trabajo comunitario hizo posible que en 2017, después de 10 años, se retomara el Festival del Río Grande de La Magdalena, celebrado a orillas de las ciénagas de San Silvestre y El Llanito. Durante ese encuentro, madres, hijos y esposas que perdieron a sus familiares convirtieron la corriente en altar, archivo y testigo de ese conflicto armado que los atravesó.

Con el fin de dejar atrás la concepción del río como cementerio para darle paso a la vida y a la comunión, los habitantes ribereños también realizaron un sentido ritual en el que lanzaron flores al agua para nombrar a sus desaparecidos, y se reunieron en torno a una huerta comunitaria con yuca, plátano, fríjol, cilantro y plantas medicinales para liberar al río del peso de la muerte: “el río no se merece cargar con los muertos que puso la guerra”, se oía decir durante el Festival.

Y es que, durante los años más violentos, las ciénagas y los humedales de Barrancabermeja se convirtieron en zonas prohibidas, disputadas entre guerrillas, paramilitares y empresas extractivas; aquí el desplazamiento forzado deshizo el tejido social y las familias tuvieron que elegir entre huir o callar.

“Unos 10, 12, 15 y hasta 20 íbamos a patrullar, salíamos en una canoa 4, en otra 5, así según la capacidad de cada una, y por toda la orilla, echando canalete… con motor no porque ellos nos podrían oír”, relata un pescador de El Llanito recordando cómo en silencio recorrían el río en busca de los muertos para darles digna sepultura.

El río como trinchera

Con estas voces y rituales se encontró la filósofa Laura Giraldo Martínez, magíster en Geografía de la UNAL, quien entre 2017 y 2019 adelantó un ejercicio cartográfico de memoria, para el cual recorrió el tramo medio del río recogiendo testimonios a través de entrevistas a mujeres de la OFP, pescadores artesanales, líderes comunitarios, maestros rurales y miembros del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, y además revisó fuentes secundarias de la Corporación Sembrar y de la Federación Agrominera del Sur de Bolívar (Fedeagromisbol).

“Estos ejercicios de memoria articulan una necesidad de devolverle el significado al río… es decir, no dejar que el conflicto o el río como cementerio tome el total de los significados y referentes, sino que se rescate lo que es importante para las personas”, señala la investigadora.

Mediante estos encuentros, la filósofa Giraldo relata que los participantes también hacían dibujos del río en los que identificaban los lugares marcados por el dolor que produjo el conflicto, como si se tratara de heridas y cicatrices, en un acto de memoria colectiva sobre el antes, el durante y el después del conflicto armado.

Por ejemplo, en la ciénaga de El Llanito, los pescadores realizaron un mural en la Casa Cultural que evoca al líder Lucho Arango, quien fue asesinado en 2009 por el grupo armado Los Rastrojos. “Con su muerte, El Llanito no solo perdió un líder, sino un padre. La ciénaga quedó huérfana”, se lee en un informe del CNMH.

La investigadora Giraldo rescata además el testimonio de una mujer de la OFP que describió cómo el río seguía conectando a las madres con sus hijos desaparecidos: “aún hoy, el río escucha resignado a las madres que cada tarde se paran en la orilla a hablarles a sus hijos, cuyos cuerpos pasaron por ahí −ellas lo saben− y que jamás fueron encontrados”.

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