Quince años después de la construcción de Hidroituango, el segundo río más importante del país ha cambiado radicalmente: las comunidades ribereñas de los 12 municipios de influencia –que vivían de la pesca, la agricultura y la extracción artesanal de oro– ya no pueden acceder a sus aguas y hoy sobreviven del rebusque. Aunque en 2019 el río fue declarado como sujeto de derechos, no se ha logrado proteger ni mejorar la calidad de sus aguas.
Laura Franco Salazar | Periodista Unimedios Sede Medellínshare
La pérdida del acceso al río ha empujado a las comunidades ribereñas al rebusque, dejando atrás la pesca, la siembra y la minería artesanal. Foto: Esteban Vanegas / UNAL Sede Medellín.
El “patrón mono” ya no está. Así era como las comunidades ribereñas de lugares como Puerto Valdivia se referían al río Cauca, un apelativo que ya no tiene sentido porque aludía a sus aguas pintadas de dorado o café por las arenas y arcillas que transportaba, pero hoy el afluente es más cristalino que pardo, una señal de que ya no mueve los sedimentos que les daban vida y forma a humedales, playas y peces como el bocachico y el bagre. “Si pudiéramos pescar, los peces nos verían; pero ya no podemos pescar, barequear ni nadar. Para nosotros el río está secuestrado por Hidroituango”, dice Mauricio Madrigal, vicepresidente de Ríos Vivos, un proyecto que articula a 15 organizaciones y que desde 2010 denuncia las afectaciones de la hidroeléctrica.
La represa se empezó a construir hace 17 años entre los municipios de Ituango y Briceño para suplir la demanda energética del país –hoy genera la mitad de su capacidad total que, se proyecta, será el 17 % de la demanda nacional– con un almacenamiento de 2.720 millones de m³ de agua, casi el triple de embalses como Salvajina, de Celsia, empresa de energía ubicada en el mismo río. Según estimaciones hechas en 2015 por un estudio de la Maestría en Ingeniería – Recursos Hidráulicos de la UNAL Sede Bogotá, en 50 años los sedimentos de lavado –como limos y arcillas que el agua arrastra fácilmente– ocuparán más del 46% del embalse, al quedarse acumulados en el fondo.
Por la magnitud del proyecto y la cantidad de comunidades ribereñas afectadas –como los 3.090 pescadores artesanales que en 2020 dependían de la cuenca–, sus impactos se evidenciaron desde el inicio: “más de una década después, ni el ecosistema ni las comunidades se han recuperado. Encontramos estudios que señalan que el 92% de las coberturas vegetales se modificaron. Allí había especies como guaduas, cedros y algarrobos importantes para mantener un equilibrio ecosistémico. Aunque la zona se reforeste quedan efectos permanentes como la ausencia de fauna silvestre –como jaguares, loros orejiamarillos y ranas doradas–”, explica la ecóloga Anny Juliethe Merlo Moreno, magíster en Medio Ambiente y Desarrollo de la UNAL, quien investigó estos cambios y sus efectos en las comunidades.
Las rutinas de los habitantes ribereños dependían del pulso del agua: pescaban con el caudal alto y sembraban o barequeaban el oro cuando bajaba. “El río era y es el centro de sus vidas, y ya no tienen acceso a él”, agrega la magíster Merlo. Solo el embalse ocupa 78km –la distancia entre Bogotá y Melgar en línea recta– sin contar los predios adquiridos para las compensaciones y el control del proyecto.
“Ahora no podemos acercarnos porque dicen que es peligroso, y las playas donde cultivábamos plátano, yuca y ñame quedaron sedimentadas. Eso ha traído mucha hambre. Por eso creemos que el cultivo de coca y el reclutamiento de muchos jóvenes aumentaron, pues ellos ya no pueden vivir del pescado ni del oro”, comenta Milena Flórez, vocera de Ríos Vivos.
Según la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito (UNODC), entre 2023 y 2024 en Antioquia hubo un incremento del 16,19% en las hectáreas cultivadas con coca, siendo las subregiones más aportantes el Norte, el Nordeste y el Bajo Cauca, a las que pertenecen varios de los municipios de influencia del proyecto, en los que también se han registrado –en el mismo periodo de tiempo– 15 eventos de desplazamiento forzado y 8 de confinamiento.
Cuando la megaobra secó el río
Además de las afectaciones mencionadas, dos emergencias sumaron graves impactos ambientales. La primera fue en abril de 2018, cuando uno de los túneles de desviación colapsó reduciendo la capacidad de conducirlo fuera del área de la presa; por eso, y para evitar que el agua ingresara de forma descontrolada, se cerraron los otros túneles, por lo que el embalse se llenó sin las condiciones técnicas adecuadas, ocasionando que el agua rebosara por las salidas auxiliares y aumentara súbitamente el caudal aguas abajo.
“Algunas personas mayores y niños todavía están traumados, y si escuchan un estruendo entran en pánico. Esa vez más de 20.000 personas fueron evacuadas y otros cientos perdieron sus viviendas. Se dañaron cultivos, vías, puentes y colegios que hasta ahora no se han reconstruido”, continúa el vocero Madrigal, quien recuerda con igual dolor la emergencia del año siguiente, cuando para estabilizar la presa y llenar definitivamente el embalse cerraron el último túnel de desviación, generando una disminución de hasta el 90% del flujo de agua.
“En la segunda emergencia, aunque el flujo del agua se recuperó, ese secamiento provocó la muerte masiva de unos 70.000 peces, entre otros daños”, señala el profesor Jhon Charles Donato Rondón, autor del Decálogo de impactos ambientales: Geografía de las transformaciones en sistemas acuáticos de Colombia, quien además investiga la adaptación basada en ecosistemas, un enfoque que usa los servicios ecosistémicos para reducir la vulnerabilidad de las comunidades al cambio climático. “Ambas emergencias rompieron la relación simbólica, material y espiritual de la gente con el río. Ya no es un espacio vital, sino que los llena de miedo y tristeza”, agrega la investigadora Merlo.
Sujeto de derechos, sin garantías
Los colonizadores españoles, que consideraban el río Cauca como un gran brazo, no pudieron dominar por completo su cauce ni someter a los indígenas nutabes, tahamíes, catíos, peque y hevéjicos que habitaban sus riberas. “Siglos después, Hidroituango logró lo que no hicieron los españoles: quitarles el río a las comunidades”, continúa el profesor Donato. Hoy el río, dividido en dos partes por el muro de la represa, también parece trazar una línea entre quienes conocieron su cauce vivo y quienes lo verán transformado, pues se estima que las futuras generaciones no verán en sus tamaños actuales un bocachico o un viudo de capaz.
Por eso, luego de las dos emergencias, la Sentencia T-038 de 2019 del Tribunal Superior de Medellín declaró el río Cauca y su cuenca como sujetos de derechos, estableciendo que el Estado y el conglomerado empresarial “deben protegerlo, conservarlo, mantenerlo y restaurarlo en beneficio de las futuras generaciones”.
“Seis años después no ha habido avances significativos, sobre todo porque no se ordenan acciones de directo cumplimiento. Aunque la Comisión de Guardianes del Río Cauca se ha reunido, y a modo de réplica el Ministerio de Ambiente lideró la construcción de un plan de acción, ha habido retrasos y aún no hay claridad frente a la gobernanza –lo más importante– para que las comunidades sean escuchadas”, explica el politólogo Juan Diego Espinosa Prieto, magíster en Medio Ambiente y Desarrollo de la UNAL.
A estos desafíos se suma que en el río Nechí, uno de los principales afluentes del Cauca, opera la draga de oro más grande de Colombia, de Mineros SA, empresa con títulos a perpetuidad sobre un área tan extensa como el Valle de Aburrá, que agrupa 10 municipios con 4 millones de habitantes, lo que complica la gestión de impactos graves como la concentración de mercurio, que es en promedio 5,9 veces superior a la recomendada por la OMS. “Ni el Estado ni el conglomerado empresarial han cumplido su obligación, pero aquí estamos. Siempre hemos sido guardianes del río, muchos compañeros han dado la vida por protegerlo, y aunque nunca volverá a ser lo que era, seguimos exigiendo voluntad para mitigar los daños y repararlo, sobre todo frente a la crisis climática. Seguimos defendiendo un río que es un beneficio para todo el planeta”, concluye la vocera Flórez.
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