Pocas veces miramos al cielo para preguntarnos por el origen de la lluvia que baña nuestras ciudades y campos, y mucho menos pensamos o sabemos que existen ríos que viajan por el aire. Generalmente cuando observamos el agua en movimiento, la vemos en los ríos superficiales, discurriendo entre zonas altas y bajas para desembocar en otros ríos, lagos u océanos. Sin embargo, así como los ríos superficiales, la atmósfera también tiene corrientes que transportan grandes cantidades de agua, pero en forma de vapor, recorriendo grandes distancias y viajando a gran velocidad impulsadas por los vientos.

Paola A. Arias | , ingeniera civil y magíster en Ingeniería – Recursos Hidráulicos de la UNAL. Ph. D. en Ciencias Geológicas. Profesora titular Facultad de Ingeniería Universidad de Antioquia.share

Cerca del 85 % de la humedad que se precipita en Colombia proviene: en un 50 % del océano Atlántico (norte y tropical), 30 % de las cuencas de los ríos Amazonas, Orinoco y Magdalena, y 5 % del océano Pacífico. Foto: archivo Unimedios.Cerca del 85 % de la humedad que se precipita en Colombia proviene: en un 50 % del océano Atlántico (norte y tropical), 30 % de las cuencas de los ríos Amazonas, Orinoco y Magdalena, y 5 % del océano Pacífico. Foto: archivo Unimedios.

El agua está en constante movimiento en nuestro planeta y la encontramos en diferentes estados: líquido, gaseoso y sólido. Parte del agua líquida que vemos en los océanos, ríos y lagos se evapora, mientras que otra parte de ella es absorbida por las raíces de las plantas, que a través de los poros de sus hojas (estomas) también la devuelve a la atmósfera en forma de vapor, proceso conocido como transpiración. Esta agua en forma de vapor asciende por la atmósfera para formar nubes; allí el vapor se enfría formando gotas de agua (condensación) que caen a la superficie terrestre en forma de lluvia, o también puede cambiar de forma gaseosa a sólida (desublimación) y caer en forma de nieve.

Cuando el agua se precipita en estado líquido, una parte de ella escurre por la superficie a través de los ríos, mientras que otra parte se infiltra en el suelo para llegar a los acuíferos (reservas de agua subterránea) y regresar eventualmente a los océanos; y cuando cae en forma de nieve alimenta zonas como los casquetes de hielo marino o los glaciares en zonas polares o de alta montaña. Así, el agua cambia de fase constantemente y se distribuye en el sistema terrestre.

En Colombia se estima que cerca del 50% de la humedad que se precipita en el territorio proviene del océano Atlántico (norte y tropical), mientras que un 30% proviene de fuentes continentales como las cuencas de los ríos Amazonas, Orinoco y Magdalena. Del océano Pacífico proviene entre un 5y un 10% de la humedad que llega al país, aunque estos valores pueden cambiar durante el año, particularmente porque corrientes atmosféricas como el Chorro del Chocó ayudan a transportar mayores cantidades de humedad entre octubre y noviembre.

El transporte de agua en la atmósfera no tiene fronteras, pero sí origen

Lo anterior muestra que en Colombia el ciclo hidrológico no depende solo de procesos locales sino también de “procesos remotos”, o “teleconexiones”: cambios en las temperaturas superficiales de los océanos, como el Atlántico y el Pacífico, pueden condicionar la cantidad de agua que luego se puede precipitar en su territorio. Así mismo, las interacciones entre el suelo y la atmósfera en cuencas como el Amazonas o el Orinoco también influyen en el transporte de vapor de agua hacia regiones como el Caribe o los Andes colombianos.

Por eso la deforestación de la selva Amazónica puede disminuir la cantidad de vapor de agua que llega a Colombia desde esta región, porque procesos como la evapotranspiración se debilitan cuando desaparecen los árboles, es decir que esa capacidad natural de producir vapor de agua se pierde, y por ende la de ser transportada por la atmósfera e impulsada por los vientos.

De otro lado, el cambio climático, debido al aumento de gases de efecto invernadero en la atmósfera y a cambios en usos del suelo, altera tanto las temperaturas como la evapotranspiración desde la superficie y la circulación atmosférica, por eso también modifica la cantidad de vapor de agua que es transportada. Particularmente para el norte de Suramérica –región en la que se encuentra Colombia–, se proyecta que para finales del siglo XXI la precipitación derivada del vapor de agua proveniente de las principales fuentes de humedad de la región disminuirá debido al cambio climático.

También se proyecta que el reciclaje de humedad, es decir la humedad evapotranspirada que regresa localmente a la superficie en forma de precipitación, disminuirá en el Amazonas debido al cambio climático y a la deforestación de esta región.

Por una conservación transnacional

En general, las cuencas atmosféricas son mucho más extensas que las cuencas hidrográficas, por lo que abarcan extensiones transfronterizas y aguas internacionales; por ejemplo a Colombia llega humedad evaporada en regiones tan lejanas como el norte del Atlántico o Pacífico chileno, lo que, además de la clara influencia de la deforestación amazónica y el cambio climático en el transporte de humedad hacia Colombia, muestra la necesidad de que la gestión del agua trascienda las fronteras geopolíticas nacionales.

La gestión del agua debe considerar no solo el “agua azul” (el agua líquida que escurre por la superficie) sino también el “agua verde” (el agua que se evapotranspira de la vegetación y es transportada por los vientos hacia otras regiones). Esto requiere transformar la manera en la que vemos la gestión integral del recurso hídrico, que ha priorizado el agua superficial desconociendo la importancia del agua atmosférica. Considerar el agua atmosférica en el balance hídrico y la gestión del agua es particularmente importante, máxime en un contexto de cambio ambiental global, ya que no es solo un asunto de cambio climático, pues los cambios en el uso del suelo también son determinantes.

Así, la atmósfera es una red hídrica en sí misma, por lo que podríamos pensar en la existencia de cuencas aéreas, similares a las cuencas hidrográficas superficiales. La existencia de este transporte atmosférico permite que el agua que se precipita en una determinada región del planeta provenga de regiones lejanas, y no solo del agua evapotranspirada localmente.

La incorporación del agua verde en la gestión integral del agua dentro de la política pública requiere una comprensión sinérgica del ciclo hidrológico y su relación con componentes del sistema terrestre como la biosfera (es decir, el componente vivo del sistema terrestre, como los bosques). Si aspiramos a una gestión integral del agua en condiciones de un clima y unos usos de suelo cambiantes, debemos pensar en grande. ¡Hay que mirar al cielo y darle un lugar a esas grandes corrientes que transportan agua voladora!

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