Aunque la propuesta de declarar la Amazonia colombiana como “Zona de reserva de recursos naturales renovables” constituye un paso histórico para la conservación en el país, también plantea un reto fundamental: tomar decisiones sobre el territorio con base en el conocimiento acumulado sobre su biodiversidad, sus condiciones climáticas y sus valores culturales.
Jesús Orlando Rangel Churio | Investigador del Grupo Biodiversidad y Conservación, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la UNALshare
La frontera de deforestación avanza sobre la selva Amazónica colombiana. Foto: Yuri Cortez / AFP.
Desde mediados de diciembre de 2025 el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible (Minambiente) avanzó en la consolidación de la resolución que declarará el bioma amazónico como “Zona de reserva de recursos naturales renovables”, una figura que protegerá más de 483.000km², es decir cerca del 42% del territorio nacional.
Recientemente los mandatarios regionales y locales se reunieron con representantes de poblaciones humanas asentadas en la zona amazónica, incluidas comunidades indígenas y poblaciones ribereñas de departamentos como Amazonas, Caquetá, Putumayo y Guaviare, territorios directamente vinculados al futuro de la Reserva.
La iniciativa busca preservar la integridad de la porción colombiana del bioma amazónico, considerada de importancia vital por sus características biofísicas —es decir, por la relación entre clima, suelos, agua, fauna y flora— y por su alto grado de conservación dentro del área geográfica de distribución del bioma amazónico.
En un ejercicio amplio, que incluya la participación de los investigadores sobre las condiciones del capital natural y del territorio, es fundamental tener como insumo básico el significado de la biodiversidad de la Amazonia y las condiciones excepcionales de la porción colombiana dentro del extenso bioma amazónico.
Biodiversidad amazónica, base genética del país
En plantas con flores, la Amazonia colombiana registra 8.049 especies, que la ubican en el segundo lugar en número de especies después de la región Andina, que cuenta con cerca de 11.500. En el contexto de toda la cuenca amazónica —compartida por 9 países y con unas 22.130 especies de plantas con flores— la porción colombiana representa aproximadamente el 36% de esa riqueza, después de Brasil.
Después de inventariar y caracterizar cerca de 150 tipos de vegetación —selvas, bosques, matorrales y herbazales—, se consideran especialmente importantes los palmares, dominados por especies de los géneros Aiphanes, Bactris, Socratea, Euterpe, Astrocaryum y Attalea. La vegetación está muy bien conservada, particularmente los palmares mixtos, dominados por seje o milpesos (Oenocarpus bataua); los cuangariales con especies de Virola, los cananguchales de Mauritia flexuosa; y los bosques dominados por lechero (Brosimum), aguacatillo (Ocotea), Protium y cabuyo (Eschweilera), que conforman una de las porciones más extensas de vegetación natural de la región tropical del planeta.
La singularidad de su flora y de su vegetación radica en que constituyen un punto fundamental de dispersión de linajes de la biodiversidad de Colombia, por lo cual es posible inferir su influencia directa en otras regiones naturales del país. Este proceso tuvo especial importancia hasta el Plioceno –hace aproximadamente 5 millones de años antes del presente (AP)–, cuando comenzó a disminuir debido a la elevación de las proto-cordilleras durante los últimos millones de años del Pleistoceno.
Entre los tipos de vegetación dominantes figuran los palmares mixtos dominados por palma mil pesos (Oenocarpus bataua), O.mapora y O.minoris, que se extienden hacia regiones como la Orinoquia, el Chocó biogeográfico y el Caribe, y también hacia las zonas bajas de las cordilleras (valles interandinos). Se incluyen además remanentes como los palmares de palma cuesco o palma de vino (Attalea butyraceae), dominantes en las vertientes andinas hacia el río Magdalena, y los bosques dominados por especies de Brosimum y Pseudolmedia (de la familia Moraceae).
La porción colombiana del bioma amazónico recibe la influencia de sistemas atmosféricos de ambos hemisferios, lo que determina altos niveles de precipitación y diversidad climática. Se presentan tres condiciones: superhúmedas, con lluvias anuales entre 3.260 y 3.920mm; muy húmedas, entre 2.800 y 3.000 mm; y húmedas, entre 2.400 y 2.800mm. Este patrón de lluvias, cuyo punto máximo se registra en zonas del Caquetá, disminuye gradualmente hacia el norte e influye en las condiciones de la Orinoquia y de los piedemontes andinos.
Las diversas etnias indígenas —Ticuna, Huitoto, Yagua, Cocama, Bora y Tucano— y sus derechos sobre el territorio forman parte esencial de la conservación amazónica. También destacan valores culturales y paisajísticos como las pictografías de La Lindosa, en San José del Guaviare, los tepuyes del Parque Nacional Natural Chiribiquete, los salados del Amacayacu y diversos territorios indígenas de alto valor ecológico.
Transformaciones del territorio y deforestación
Entre las principales transformaciones humanas en la región se incluyen: la apertura ilegal de vías, y la extensión de los cultivos ilícitos, la cual conlleva tala, desmonte de vegetación original y posterior adecuación para potreros y ganadería. Las amenazas recientes se expresan en la minería ilegal con grandes máquinas, en tierra firme y en las regiones pantanosas y aluviales, lo que lleva a la generación de rutas fluviales que profundizan las afectaciones al entorno natural.
Las zonas del piedemonte son las que congregan la mayor población humana, con varios focos principales que han transformado fuertemente las condiciones originales. El frente de deforestación en la provincia del Napo —proveniente del Ecuador— se ha acrecentado en el Putumayo colombiano, y el frente del Caquetá con Paujil, San Vicente, Doncello y poblaciones aledañas. La conexión de los dos frentes significaría prácticamente la desaparición de las condiciones naturales en el piedemonte del suroccidente amazónico. Otros focos de deforestación con impacto fuerte son los de Araracuara, San José del Guaviare y su expansión urbana, Leticia, San Martín y Puerto Leguízamo.
Estos núcleos antiguos de deforestación, que muestran la relación directa entre asentamientos humanos (colonización) y deforestación, definitivamente se deben calificar como “pasivos ambientales” e incluirlos como zonas estables de transformación, es decir, territorios en donde la cobertura natural ha sido reemplazada de manera permanente por actividades humanas. Lo fundamental es definir y trazar concretamente –sobre la base de resultados de investigaciones científicas– las barreras o líneas rojas que impidan la conexión entre los corredores de deforestación-transformación del piedemonte y las zonas del norte de la Amazonia.
La importancia de preservar el legado genético
La primera aproximación cartográfica sobre la distribución actual de la vegetación natural de Colombia la culminaron investigadores del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) en colaboración con el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. Con base en cerca de 4.000 registros de vegetación inventariada en campo, y con enfoque en las ciencias forestales o en la fitosociología clásica (disciplina que estudia la composición y la estructura de las comunidades vegetales), se llegó a este primer escenario de lo que nos queda de vegetación natural.
La región de la Amazonia de Colombia es la que presenta mejor estado de conservación de sus bosques, selvas y otros tipos de vegetación; de las 40.000.000 hectáreas que cubrió el estudio, solo un 11% de su superficie (4.397.826ha) no muestra vegetación natural, es decir, es un área deforestada. Como se observa en los mapas 1 y 2, casi todo el territorio está cubierta por vegetación natural, con dominio de formaciones boscosas y selváticas de los palmares mixtos con seje o milpesos (Oenocarpus bataua) y los cuangariales (bosques con especies de Virola), que incluyen los bosques de Ocotea aciphylla (aguacatillo) e Iryanthera hostmannii (cumala), que se extienden por cerca del 20% de la superficie del plano amazónico, y los palmares mixtos de Eschweilera coriacea (cabuyo) y Euterpe precatoria (asaí), que se extienden por cerca del 35%.


Esta situación contrasta con la transformación de la vegetación natural en la región cordillerana o Andina, con el 56% de su superficie sin vegetación natural, y con la grave condición del Caribe colombiano, en donde, de las 11.820.600 hectáreas estudias, solo permanecen 2.846.800 ha (24%) con vegetación natural, es decir que el 76% del área original fue transformada.
Actualmente varios países amazónicos buscan llamar la atención de organismos internacionales –como Naciones Unidas y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA)– sobre la necesidad de proteger el capital natural amazónico como estrategia para mitigar el cambio climático.
Es preciso conocer la biodiversidad y las amenazas para su preservación, como lo documenta el mapa de la vegetación natural de Colombia disponible desde 2023 en el Ministerio.
Colombia debe reconocer la expresión máxima de su capital natural amazónico —selvas, bosques, matorrales y palmares— y consolidar los procesos que culminen con la declaratoria como “Zona especial de preservación de la biodiversidad”. Se trata de aportarle al mundo servicios ambientales fundamentales en un momento crítico para la estabilidad climática del planeta.
Para conservar la Amazonia colombiana se deben establecer acciones estratégicas como delimitar la “Zona de reserva” con base en los focos consolidados de deforestación y asentamientos humanos; evitar la construcción de nuevas vías terrestres en el área protegida; y reconocer los valores culturales e indígenas del territorio.
La declaratoria de un área especial de reserva forestal o de protección de la biodiversidad en la Amazonia colombiana se constituye en una de las acciones de mayor impacto regional y global en favor de la preservación de la selva Amazónica.
Acciones estratégicas para la conservación
Para delimitar la zona que sería objeto de la declaratoria de protección se debe considerar la presencia de asentamientos humanos y su área de influencia, es decir, en los focos de deforestación consolidados. Los pasivos ambientales que representan las áreas transformadas en los piedemontes putumayense y caqueteño, así como en los alrededores de San José del Guaviare y de Araracuara, se deben excluir de la zona de reserva y, en consonancia con los esquemas y planes de ordenamiento territorial, acordar las líneas rojas de expansión urbana. Tampoco se debería contemplar la construcción de vías terrestres de penetración que toquen o atraviesen la zona declarada como de protección especial.
La mayor trascendencia para la conservación de la Amazonia colombiana radica en la barrera natural que ha representado la selva para contener la colonización y la usurpación del territorio de la nación, una condición que debe permanecer.
Campamentos y plataformas fluviales ligados a la minería ilegal en la Amazonia colombiana. Foto: archivo Unimedios.
La declaratoria de un área especial de reserva forestal o de protección de la biodiversidad en el territorio amazónico donde no hay presencia de colonización ni de asentamientos humanos se constituye en la acción de mayor impacto, tanto regional como global, en favor de la preservación del “pulmón del mundo”. Entre sus justificantes biológicos están el capital natural: la biodiversidad y sus componentes —flora, fauna y vegetación con bosques y selvas—, así como la masa forestal original presente en cerca del 90% de su territorio, soporte de los variados ecosistemas.
También es necesario considerar a las etnias indígenas, los valores culturales, y la excepcional condición de humedad local y su papel como fuente primaria de las condiciones hídricas de la cuenca Amazónica y de otras regiones del país, las cuales ameritan la expedición de una ley que organice la superficie con remanentes naturales incluidos en la declaratoria de reserva, siempre con base en el conocimiento científico y en la distribución actual de las poblaciones humanas.
El procedimiento administrativo podría tomar como referencia la Ley 2 de 1959, sobre economía forestal de la nación y conservación de recursos naturales renovables, cuyos artículos 11 y 13 contemplan la declaración de distritos de conservación y de parques nacionales naturales.
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