Dos fenómenos climáticos del océano Atlántico pueden alterar la formación de nubes, el régimen de lluvias, la humedad del suelo y la cantidad de agua que regresa a la atmósfera desde los bosques y los suelos de la Amazonia y el Orinoco, influyendo en sequías e inundaciones en Suramérica. Un estudio reciente muestra que el modo meridional del Atlántico y el modo ecuatorial del Atlántico también pueden afectar sistemas estratégicos de abastecimiento de agua en Colombia, como el complejo Chingaza-Chuza.
18 de febrero de 2026
Nicolás Duque Gardeazábal | Magíster en Recursos Hidráulicos de la UNAL, Ph. D. en Ciencias Climáticas de la Universidad de Berna (Suiza)share
La variabilidad climática del Atlántico influye en el ciclo del agua de la Amazonia, en donde los cambios en la humedad del suelo, la radiación solar y la circulación de los vientos pueden alterar los patrones de lluvia. Foto: archivo Unimedios.
Cada vez que en Colombia se desarrolla un fenómeno de El Niño se producen sequías y se incrementan los incendios forestales; además se generan impactos severos en varios sectores económicos. En contraste, cuando se desarrolla la fase opuesta —La Niña— se producen intensas lluvias e inundaciones que afectan a gran parte de la población. No obstante, las emergencias por inundación registradas en Córdoba —que se estima han afectado a alrededor de 140.000 personas— no responden solo a la fase lluviosa asociada con La Niña, sino también a la interacción entre frentes fríos provenientes del Caribe, la saturación de los suelos en la cuenca del río Sinú —en donde las lluvias continuas han hecho que el terreno pierda su capacidad de absorber agua y aumente el escurrimiento hacia los ríos y zonas bajas— y la alteración de humedales y ciénagas que históricamente regulaban el agua, lo que ha incrementado la vulnerabilidad y el riesgo.
Según el índice RONI de la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, una de las principales agencias científicas del mundo en monitoreo climático), actualmente el sistema climático se encuentra en una posible fase de La Niña, la cual incorpora el calentamiento global en su cálculo, comparando las temperaturas actuales del océano Pacífico con un promedio relativo a la temperatura de los trópicos y no con un periodo histórico fijo, a diferencia del Índice Oceánico de El Niño (ONI), que mide las anomalías de temperatura del Pacífico ecuatorial frente a un promedio climático tradicional de varias décadas.
Además de la llegada recurrente de frentes fríos desde el Caribe, las oscilaciones de Madden-Julian (un patrón de circulación atmosférica tropical que se desplaza alrededor del planeta cada varias semanas y puede intensificar o reducir las lluvias en distintas regiones) también han influido en la gran cantidad de precipitaciones en la región. Investigar los fenómenos moduladores de los cambios naturales del clima o la variabilidad climática sirve para crear herramientas de predicción que ayuden a mejorar nuestra respuesta y gestionar los riesgos asociados con sequías e inundaciones.
Tanto en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) como en otras universidades del país y del exterior también se han estudiado los fenómenos que influyen en los extremos hidroclimatológicos, es decir los eventos asociados con la variabilidad climática como sequías prolongadas, lluvias intensas, inundaciones o incendios forestales. Por ejemplo, los cambios en la temperatura del océano se asocian con variaciones en la fuerza de los vientos, la humedad que transportan, su influencia en la radiación, la evaporación, y en consecuencia impactan la ocurrencia de estos eventos en Colombia.
También se ha identificado que estos procesos afectan la cuenca del río Amazonas. Investigadores colombianos como el profesor Germán Poveda, de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín, o la profesora Paola Arias, de la Universidad de Antioquia, han contribuido a entender la variabilidad climática regional. Por ejemplo, determinaron la configuración de los vientos que causó un incremento de hasta un 170% en las lluvias durante La Niña 2010-2011, fenómeno que generó inundaciones que afectaron a casi 3 millones de personas.
Recientemente el grupo de investigación en Climatología de la Universidad de Berna (Suiza) publicó un artículo en la revista Hydrology and Earth System Sciences, el cual analiza dos fenómenos distintos a El Niño-Oscilación del Sur. El estudio demuestra que los modos de variabilidad del océano Atlántico —el modo meridional del Atlántico y el modo ecuatorial del Atlántico— pueden modificar la humedad del suelo, la radiación disponible en la superficie terrestre (entendida como la energía solar que llega al suelo y a la vegetación y que impulsa procesos como la evaporación), y la evapotranspiración (liberación de agua hacia la atmósfera por la evaporación del suelo y la transpiración de las plantas), en la Amazonia y el Orinoco, variables fundamentales del ciclo del agua. Al influir en estos aspectos, contribuyen al desarrollo de eventos extremos como sequías e inundaciones, incluso en regiones donde la influencia de El Niño o La Niña no es dominante.
Otros océanos también influyen en el clima de Colombia
Los modos de variabilidad del océano Atlántico, que se caracterizan por cambios en la temperatura superficial del mar, también influyen en la presión atmosférica, responsable de controlar la velocidad del viento. Cuando el océano está más cálido que el promedio, los vientos alisios —corrientes de aire constantes que soplan desde el Atlántico hacia el continente en las zonas tropicales— se debilitan y transportan menos humedad, lo que implica menos lluvia en ciertas regiones de Suramérica y favorece la evaporación, aumentando la probabilidad de sequías. Por el contrario, cuando los vientos son más fuertes transportan mayor humedad desde el océano hacia el continente, lo que puede intensificar las lluvias.
La investigación se realizó en los servidores de cómputo del Instituto de Geografía de la Universidad de Berna, lo que permitió estudiar una vasta extensión del continente, toda la parte tropical de Suramérica. Esta zona es muy importante porque alberga ecosistemas como el Amazonas, que se ha visto afectado enormemente en los últimos años por sequías que favorecieron grandes incendios en la Amazonia boliviana y brasileña en 2024. Estos eventos extremos muestran cómo la combinación de variabilidad climática natural y calentamiento global puede amplificar los impactos sobre los ecosistemas tropicales.
Para analizar el detalle de los procesos atmosféricos se utilizó un reanálisis meteorológico, una reconstrucción del comportamiento de la atmósfera que combina observaciones —de estaciones en tierra, globos meteorológicos y satélites— con modelos físicos del clima para describir variables como presión atmosférica, temperatura, transporte de humedad y precipitación a lo largo del tiempo.
La investigación muestra que la evapotranspiración en la Amazonia y el Orinoco depende de dos “controladores locales” fundamentales: la humedad del suelo y la radiación disponible en la superficie. Ambos se pueden alterar por la variabilidad climática del Atlántico, que modifica el transporte y la convergencia de humedad, la cobertura de nubes y la disponibilidad de radiación solar en la superficie terrestre.
El páramo de Chingaza y el sistema Chingaza-Chuza, que abastecen de agua a Bogotá, también pueden verse influidos por la variabilidad climática del océano Atlántico. Foto: Luis Acosta/AFP.
El estudio encontró además que el modo meridional del Atlántico tiene un impacto importante sobre el norte de la Amazonia y el occidente del Orinoco, cuyos efectos suelen comenzar en el oriente de Brasil hacia marzo y desplazarse progresivamente hacia el occidente del continente hasta noviembre, cuando el fenómeno está activo. Por su parte, el modo ecuatorial del Atlántico afecta principalmente el oriente de Suramérica, especialmente la región de las Guayanas, con mayor intensidad entre junio y agosto.
Estas variaciones estacionales también se relacionan con el desplazamiento anual de la zona de convergencia intertropical, una banda nubosa asociada con lluvias intensas en la región tropical. Dentro del área estudiada, los investigadores encontraron señales de estos fenómenos en la cordillera Oriental de Colombia, en donde se ubican el páramo de Chingaza y el sistema Chingaza-Chuza, fundamental para el abastecimiento de agua potable de Bogotá.
Lo anterior significa que la variabilidad climática del Atlántico no solo influye en regiones remotas de la Amazonia, sino también en sistemas estratégicos de abastecimiento hídrico para ciudades andinas, lo que resalta la importancia de comprender estos procesos para la planificación del recurso hídrico en el país.
Predecir el clima exige mirar más allá de un solo fenómeno
Es importante anotar que para construir herramientas de predicción se requiere estudiar cómo evolucionan estos fenómenos y si están conectados entre ellos. Por ejemplo, algunas investigaciones relacionan la ocurrencia de El Niño con una activación de la fase positiva del modo meridional del Atlántico entre tres y seis meses después. Comprender tales conexiones permite anticipar temporadas de sequía o lluvias intensas con mayor anticipación que si solo se observara el comportamiento del Pacífico.
Tampoco se puede perder de vista que los estudios de impactos —como el desarrollado en Berna— alertan sobre amenazas climáticas pero dependen de mediciones continuas del océano, la atmósfera y la superficie terrestre durante largos periodos. Los registros históricos y satelitales permiten identificar patrones que se repiten cada varios años, incluso cuando no son evidentes para la experiencia cotidiana.
Solo con varias herramientas predictivas se puede mejorar la planificación del uso del agua, la prevención de desastres y la toma de decisiones frente a sequías e inundaciones, lo que contribuirá al bienestar social y económico sin comprometer los ecosistemas y los servicios ambientales de los que dependen las comunidades.
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