MANIZALES, COLOMBIA - SEPTEMBER 26: A view of Manizales, Colombia, on September 26, 2021. The capital of the department of Caldas is a city in the mountainous coffee region in the west of the country. Juan David Moreno Gallego / Anadolu Agency (Photo by Juan David Moreno Gallego / ANADOLU AGENCY / Anadolu via AFP)

Si en las ciudades se produce más del 70 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, ellas también se pueden convertir en el lugar en donde más se capture ese carbono. El Sistema Integrado de Movilidad Natural (SIMON) propone transformar las vías urbanas en corredores verdes capaces de absorber dióxido de carbono y reducir la contaminación en el mismo espacio en donde se genera, una iniciativa pensada para ciudades colombianas como Manizales, en donde la congestión vehicular y la compleja topografía exigen nuevas formas de integrar movilidad y ambiente.

13 de febrero de 2026

Jorge Hernán Valencia Álvarez | Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), promotor de proyectos de investigación en urbanismo ambiental y monitoreo geofísicoshare

En ciudades colombianas intermedias, como Manizales, la planificación del espacio público y de la movilidad es fundamental para reducir la contaminación y mejorar la calidad del aire urbano. Foto: Juan David Moreno Gallego / Anadolu Agency / Anadolu vía AFP.En ciudades colombianas intermedias, como Manizales, la planificación del espacio público y de la movilidad es fundamental para reducir la contaminación y mejorar la calidad del aire urbano. Foto: Juan David Moreno Gallego / Anadolu Agency / Anadolu vía AFP.

En el marco de la actual geopolítica mundial la transición energética se ve como algo distante. Por eso los países han empezado a poner el énfasis en desplazarse hacia una tarea más inmediata y posible: descarbonizar las ciudades, proceso que se entiende como la reducción directa de las emisiones de dióxido de carbono (CO₂) en el entorno urbano, hoy principal foco contaminante de la biosfera terrestre.

Las distintas políticas ambientales que se han venido implementando para desactivar la bomba de tiempo del cambio climático se han enfrentado a una aguda contradicción: han centrado buena parte de sus esfuerzos en crear sumideros de carbono lejos de las ciudades, que es donde está la principal fuente de degradación ambiental del planeta.

Aunque dichas políticas de mitigación son necesarias, han resultado insuficientes para capturar tanto el CO₂ como las micropartículas –entre ellas el material particulado fino (PM2.5 y PM10) producido por la combustión de combustibles fósiles y el desgaste de frenos y llantas– y otros contaminantes atmosféricos –como los óxidos de nitrógeno, el dióxido de azufre y el ozono troposférico– en la escala exigida por la crisis climática. En muchos casos la respuesta ha consistido en promover la reforestación en zonas rurales, bosques, humedales o en la Amazonia, mientras la contaminación se sigue concentrando en la malla urbana.

Muchas veces esta visión contranatural ha llevado a reducir los ya escasos nichos verdes urbanos, compensados con reforestación en territorios donde no existe la misma presión contaminante ni la misma densidad poblacional. Allí no hay la misma proporción de habitantes, que son al mismo tiempo causa y víctima del calentamiento global.

Resulta entendible que la city humana –o ciudad contemporánea– se concibiera en torno a la imagen gris de la cadena de producción, como un aparente triunfo del cemento sobre el verde del mundo natural. Sin embargo, ese modelo dificultó la posterior readaptación de la ciudad al entorno ambiental que la sustenta.

Lo que resulta más difícil de explicar hoy es la persistencia de enfoques urbanos que desconocen los avances científicos en los campos geo-ecológico y urbanístico. Según el Panel Intergubernamental de Cambio Climático, diversas investigaciones coinciden en señalar que las ciudades son responsables de más del 70% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero –como el CO₂–, lo que las convierte en el principal escenario de acción climática.

A ello se suman estudios que muestran que fortaleciendo las zonas verdes y el arbolado urbano se puede capturar una proporción significativa de las emisiones generadas por el tráfico automotor, especialmente en los corredores viales más congestionados de la ciudad posindustrial.

La magnitud del problema se hace aún más evidente si se considera que más de la mitad de la población mundial vive en ciudades que ocupan apenas cerca del 2% de la superficie terrestre, lo que intensifica la concentración de contaminantes atmosféricos y sus efectos sobre la salud humana.

Captura del CO₂ urbano

Entre las investigaciones dirigidas a atrapar el CO₂ emitido en las ciudades destaca la realizada por la Universidad de Sevilla (España), según la cual la biomasa vegetal sembrada en el espacio urbano puede absorber hasta el 80% de los gases emitidos por el tráfico automotor, un hallazgo que refuerza la necesidad de evaluar en cada ciudad las especies nativas con mayor capacidad de captura de CO₂.

El Sistema Integrado de Movilidad Natural (SIMON) es una interfaz de diseño urbano orientada a armonizar la vida citadina con el entorno ambiental mediante corredores verdes y soluciones de movilidad integradas. Gráfico: Jorge Hernán Valencia Álvarez.El Sistema Integrado de Movilidad Natural (SIMON) es una interfaz de diseño urbano orientada a armonizar la vida citadina con el entorno ambiental mediante corredores verdes y soluciones de movilidad integradas. Gráfico: Jorge Hernán Valencia Álvarez.

El proceso fotosintético, mediante el cual las plantas transforman el CO₂ en oxígeno utilizando la luz solar, se materializa en los sumideros naturales conformados por la madera de los troncos, los rizomas —tallos subterráneos que permiten el crecimiento y la expansión de algunas plantas—, las raíces elevadas y la biomasa foliar compuesta por hojas, flores y ramas.

Este sistema natural de captura de carbono ha sostenido el equilibrio energético de la biosfera durante millones de años, y continúa siendo uno de los mecanismos más eficaces para regular la temperatura, depurar el aire y crear microclimas urbanos. Sin embargo, frecuentemente su importancia ha sido subestimada por políticas urbanas que privilegian la expansión del cemento sobre la conservación de la vegetación.

El arbolado urbano cumple un servicio ambiental esencial para la vida en la ciudad: regula la temperatura, reduce el material particulado, protege contra la lluvia y las olas de calor, y contribuye al bienestar de las especies que habitan el entorno urbano, incluido el ser humano, simultáneamente causante y potencial solucionador del desbalance ambiental.

Aunque las políticas ambientales globales han delegado un papel importante a los sumideros oceánicos, la absorción de CO₂ en los océanos ocurre a escalas de tiempo mucho más largas que las que exige la crisis climática actual.

De ahí la necesidad de fortalecer la captura de carbono en las ciudades. La absorción de CO₂ mediante vegetación urbana puede complementar otros procesos naturales de captura, superando así la limitada capacidad del fitoplancton marino, hoy afectado por el deterioro ambiental de los océanos.

Entonces la reinvención ambiental de las ciudades va más allá de recuperar y ampliar la biomasa vegetal en el espacio urbano, integrándola al diseño de la movilidad y de la infraestructura pública como parte de una estrategia de mitigación climática directa.

En este escenario, el SIMON se plantea como una propuesta de urbanismo ambiental orientada a readaptar la ciudad contemporánea al entorno ecológico que la precedió, integrando movilidad, vegetación e infraestructura urbana en un mismo sistema. Su propósito es aumentar la captura de dióxido de carbono en el espacio público urbano y avanzar hacia un balance de cero emisiones netas en la atmósfera. La propuesta se encuentra parametrizada para su aplicación en ciudades de topografía compleja, como Manizales, concebida como ciudad piloto de un modelo urbano adaptable a distintos contextos territoriales.

Movilidad, vegetación y espacio público en un mismo sistema

Dicha matriz de planificación se apoya en el tejido urbano existente, con el propósito de evitar traumatismos en los planes de ordenamiento territorial de las metrópolis, salvo en los casos en que sea necesario recuperar y democratizar el espacio público urbano. Esto incluye, por ejemplo, la definición de retiros peatonales de 2m en las primeras plantas de edificaciones ubicadas en vías de paramentos reducidos, intervenciones que serían asumidas por las administraciones locales mediante compensaciones comerciales, estímulos y créditos blandos para la adecuación de las propiedades, todo ello orientado a capturar insitu las emisiones más nocivas de carbono, confinándolas en el arbolado urbano propuesto por el SIMON.

Estudios realizados en el área metropolitana de Sevilla (España) registraron emisiones vehiculares cercanas a las 219.000 toneladas de CO₂ al año, mientras que la ciudad cuenta con 6,8 millones de metros cuadrados de zonas verdes y cerca de 200.000 árboles capaces de capturar alrededor de 174.500 toneladas anuales de CO₂, lo que representa una absorción cercana al 80% de las emisiones vehiculares fósiles. Esta relación evidencia la importancia de planificar las ciudades con la biomasa arbórea necesaria para aproximarse a un balance de cero emisiones netas de carbono.

Para cumplir este propósito, el SIMON propone tres módulos de ajuste a los paramentos viales de cada ciudad, guiados por un principio restaurativo central: la máxima captura de CO₂ mediante corredores de biomasa arbórea ubicados en las vías más contaminadas.

En este esquema confluyen distintas variables de planificación urbana que buscan enriquecer la vida citadina a través de un ordenamiento ambiental del territorio capaz de generar ejes bioclimáticos sobre las principales vías urbanas.

El sistema se organiza bajo un principio de movilidad claro: evitar el entrecruzamiento de flujos críticos de circulación, para lo cual se aprovecha la infraestructura existente —o por construir— como puentes, túneles o pasos deprimidos, con el fin de reducir la congestión asociada con la red semafórica, uno de los principales focos de contaminación urbana.

El cambio climático ya no es un escenario futuro sino una realidad que obliga a repensar la relación entre urbanismo y medioambiente. Foto: archivo Unimedios.El cambio climático ya no es un escenario futuro sino una realidad que obliga a repensar la relación entre urbanismo y medioambiente. Foto: archivo Unimedios.

El resultado –experimentado en los 4km de la red vial piloto del SIMON en la avenida Santander de Manizales– es una movilidad más fluida y con tiempos de desplazamiento previsibles. La circulación se vuelve armoniosa al desaparecer la competencia por el espacio vial entre transporte vehicular, movilidad alternativa y peatones.

La propuesta prioriza dos aspectos adicionales de la dinámica urbana: el respeto por la velocidad propia de cada actor del espacio público y la eliminación de los puentes peatonales, privilegiando la movilidad humana a nivel de superficie, en correspondencia con su condición no motorizada.

El SIMON se plantea como un sistema modular, expandible y adaptable a las condiciones específicas de cada ciudad, dentro de la transición hacia ciudades sostenibles y compactas. La propuesta recupera la idea de la adaptabilidad como rasgo fundamental de la evolución humana, trasladándola al diseño urbano contemporáneo.

Este enfoque abre la puerta a la incorporación de tecnologías limpias en el transporte masivo, alternativo y particular, organizadas en torno a corredores verdes que funcionan como barreras naturales contra el ruido, el esmog y las variaciones climáticas.

La implementación global de este modelo urbano sería uno de los grandes desafíos del futuro ambiental, en un contexto en el que la sostenibilidad urbana se vuelve inseparable de la resiliencia humana.

periodico.unal.edu.co