La ciudad continúa expandiéndose sobre suelos estratégicos como la Reserva Thomas van der Hammen, poniendo en riesgo la conectividad ecológica, la regulación del agua y la sostenibilidad de la región. Mientras proyectos viales y urbanísticos avanzan sobre este corredor ambiental, aún persisten decisiones fragmentadas, vacíos en la planificación regional y un debate público que aún no asume la dimensión del problema.

Ana Milena Sastoque Herrera | Socióloga, estudiante de la Maestría en Medioambiente y Desarrollo de la UNALshare

En este corredor ecológico de 1.400 hectáreas se conectan humedales, bosques y relictos que permiten el movimiento de especies y la regulación del agua en la Sabana de Bogotá. Foto: archivo Unimedios.En este corredor ecológico de 1.400 hectáreas se conectan humedales, bosques y relictos que permiten el movimiento de especies y la regulación del agua en la Sabana de Bogotá. Foto: archivo Unimedios.

Ubicada en el norte de Bogotá, en la localidad de Suba y a 2.550 msnm, la Reserva Thomas van der Hammen forma parte de la planicie de la Sabana y cumple una función estratégica como corredor ecológico de Bogotá y la Sabana. En este territorio se conectan los Cerros Orientales con los Occidentales, lo que permite la circulación de especies, el flujo de agua y la continuidad de procesos ecológicos fundamentales.

En el contexto del acelerado crecimiento urbano del altiplano, entre los Cerros Orientales y el río Bogotá, históricamente estos bordes urbano-rurales se han visto como suelos disponibles para urbanizar, sin reconocer su valor ambiental, hídrico y productivo.

Con un área de 1.400 hectáreas, la Reserva resguarda el humedal La Conejera, el bosque de Las Mercedes, el bosque de Las Lechuzas y otros elementos que, aunque reconocidos por sus defensores, siguen sin ser plenamente incorporados en las decisiones de ordenamiento territorial. Este sistema se articula además con el cerro del Majuy, el sistema de humedales Torca y Guaymaral, la quebrada La Salitrosa y el río Bogotá, conformando una red ecológica de escala regional.

Declarada como tal en 2011, por la Corporación Autónoma Regional (CAR) de Cundinamarca, la Reserva busca garantizar la conectividad ecosistémica del norte de la ciudad y frenar la conurbación con municipios como Chía y Cota, estableciendo un límite a la expansión urbana.

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Ubicación de la
reserva Thomas van der Hammen. Fuente: IDECA Bogotá.

Mapa 1. Ubicación de la reserva Thomas van der Hammen. Fuente: IDECA Bogotá.

La Reserva cuenta con un plan de manejo que establece zonificaciones orientadas a la restauración de bosques alrededor de cuerpos de agua y relictos de bosque natural, todo esto en función de la protección del paisaje de la Sabana y el desarrollo de zonas con uso sostenible. Este enfoque reconoce la ruralidad que persiste en este borde de la ciudad y busca la transición hacia prácticas productivas sostenibles que fortalezcan la consolidación del corredor ecológico.

Este plan de manejo cuenta con varias experiencias de acuerdos con propietarios que ya han generado transformaciones en sus predios; las experiencias de monitoreo participativo y la apropiación de la Reserva a través de apuestas de educación ambiental siguen siendo centrales para la apropiación de la Reserva. Todas estas iniciativas son integradas por colectivos a pesar de la baja ejecución presupuestal que han destinado las administraciones tanto distritales como de la CAR Cundinamarca.

Un territorio en disputa permanente

Desde el Observatorio de Conflictos Ambientales (OCA) del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) se ha identificado que la Reserva ha sido un espacio en disputa constante entre distintas visiones de ciudad.

Por un lado la Alcaldía Mayor de Bogotá, dependiendo de quién gobierna, presenta o no voluntad política para cumplir con la protección y el reconocimiento de este elemento de importancia regional. Sin embargo, estas posturas cambian según la visión de desarrollo que se impone en cada periodo de gobierno, en la que la expansión urbana se mantiene como una presión constante, frente a la cual la Reserva ha logrado actuar como límite, en gran medida gracias a los procesos ciudadanos que hacen presencia en el territorio.

La Reserva ha sido concebida como un elemento de articulación regional capaz de garantizar conectividades que van más allá de lo urbano, en la búsqueda de un modelo de ciudad que no responda exclusivamente a intereses económicos. Aun así, estas apuestas siguen enfrentando dinámicas centralizadas de toma de decisiones, pues no se han consolidado acuerdos con municipios vecinos, en parte porque las decisiones continúan concentradas en Bogotá.

La CAR, como institución que reconoció y aprobó la Reserva, también ha recibido críticas frente a la poca gestión e inversión para la implementación del plan de manejo ambiental aprobado en 2014. La ausencia de un plan de inversión claro ha trasladado gran parte de la defensa y conservación del territorio a organizaciones sociales, como la veeduría ciudadana Reserva Thomas van der Hammen, que articula colectivos y ha impulsado discusiones técnicas frente a los reiterados intentos de introducir dinámicas urbanas en la zona.

Aunque la Reserva sigue protegida gracias a su reconocimiento institucional, quienes la rodean y defienden se mantienen en constante estado de alerta frente a decisiones que se toman sobre ella, muchas veces a partir de procesos poco transparentes y con escasa participación ciudadana, como ocurre con varios proyectos que inciden directamente en su integridad ecológica. Entre estos se destacan:

1. La proyección de la Avenida Longitudinal de Occidente (ALO), contemplada desde 1961 y reactivada por la actual administración, implicaría afectar humedales como La Conejera y Juan Amarillo —este último el más grande de Bogotá—. La obra desconoce compromisos como la Convención RAMSAR, procesos comunitarios de defensa del territorio y acuerdos recientes como el POT “Bogotá Reverdece 2022-2035”.

2. La Resolución 475 de 2000 del Ministerio de Ambiente, aunque reconoce una zona de protección, fragmenta la conectividad ecológica a la altura de la Autopista Norte y habilita suelos para urbanización, favoreciendo así la conurbación con municipios como Chía y debilitando la función de la Reserva.

3. La propuesta de realineación de 2018, con la que el Distrito buscó modificar los límites de la Reserva, planteó introducir corredores de fauna junto con vías y zonas de vivienda, alterando su objetivo de restauración ecológica. Aunque se redujo el número de vías proyectadas, se mantuvieron tres ejes estratégicos que continúan generando presión sobre el territorio.

4. El Plan Zonal Lagos de Torca, formulado en el gobierno de Peñalosa y ejecutado en la administración de Claudia López, proyecta 135.000 viviendas en 18.000 hectáreas, transformando suelos agroecológicos en superficies endurecidas. Esto afecta la absorción del agua, aumenta la escorrentía y eleva el riesgo de inundaciones, trasladando estos impactos a futuros habitantes.

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Plan Zonal del Norte Lagos de Torca y Reserva
Thomas van der Hammen. Fuente: Sistema de información Ambiental del IDEA de la
UNAL.

Mapa 2. Ubicación Plan Zonal del Norte Lagos de Torca y Reserva Thomas van der Hammen. Fuente: Sistema de información Ambiental del IDEA de la UNAL.

5. La prolongación de la Avenida Boyacá, con licencia ambiental otorgada en 2023, implica intervenir la Reserva con una vía de 4,9km que fragmentaría su conectividad ecológica y facilitaría el tránsito de carga desde la Sabana. El proyecto enfrenta una demanda ante el Consejo de Estado y ha sido cuestionado por la falta de evaluación ambiental integral y de participación ciudadana.

El 17 de octubre de 2024 el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible presentó una demanda ante el Consejo de Estado contra esta licencia, actualmente en trámite. Sabina Rodríguez van der Hammen, nieta del esta intervención representa una afectación directa a la funcionalidad ecológica de la reserva, al introducir barreras que interrumpen la conectividad de extremo a extremo.

La conectividad ecológica es la capacidad de los ecosistemas de permitir el movimiento de especies y el flujo de energía. Cuando esta se pierde, los ecosistemas se fragmentan, disminuye la biodiversidad y se afectan procesos esenciales como la regulación del agua.

En el caso de la Sabana de Bogotá, esta conectividad tiene además un papel clave en la gestión hídrica. Los suelos naturales permiten la infiltración y almacenamiento de agua, mientras que los suelos urbanizados incrementan la escorrentía y el riesgo de inundaciones, un problema que se agrava en el contexto del cambio climático.

La biología de la conservación ha demostrado que los ecosistemas más grandes y conectados son más resilientes, por lo que la Reserva requiere mantener su carácter rural y evitar intervenciones que alteren su funcionamiento.

La estructura ecológica principal no es un espacio vacío

Dicho concepto agrupa los ecosistemas que sostienen la biodiversidad, el agua y la vida. No se limita a áreas protegidas, sino que incluye territorios en proceso de restauración y espacios que cumplen funciones ecológicas dentro y fuera de la ciudad.

Esta visión implica reconocer que los ecosistemas no son fragmentos aislados, sino redes que requieren continuidad. En Suba, el crecimiento urbano ha estado ligado a procesos migratorios y a la expansión de la ciudad hacia el norte, generando presión sobre los suelos rurales con vocación fuertemente agropecuaria.

Este sistema hídrico forma parte de una red que regula el agua, recarga acuíferos y reduce el riesgo de inundaciones en el norte de Bogotá. Foto: archivo Unimedios.Este sistema hídrico forma parte de una red que regula el agua, recarga acuíferos y reduce el riesgo de inundaciones en el norte de Bogotá. Foto: archivo Unimedios.

En los municipios cercanos, esta dinámica ha transformado su vocación agroecológica hacia modelos de urbanización suburbana, configurando territorios que funcionan como ciudades dormitorio y reduciendo la capacidad productiva alimentaria de la región. Tal transformación impacta directamente la disponibilidad de servicios ecosistémicos, como el agua, cuya oferta es cada vez más limitada frente al crecimiento urbano.

Un modelo de ciudad en disputa

Las decisiones sobre la Reserva van der Hammen reflejan una tensión más amplia sobre el modelo de ciudad y región. Mientras algunos sectores promueven la expansión urbana como respuesta a la demanda de vivienda e infraestructura, otros advierten que debilitar la Reserva implica comprometer la capacidad del territorio para sostener la vida, la producción de alimentos y la regulación ambiental.

La Reserva cuenta con respaldo institucional y ciudadano, pero enfrenta un escenario en el que las decisiones siguen marcadas por intereses económicos y visiones de corto plazo. En este contexto se hace necesario avanzar hacia formas de gobernanza que integren el conocimiento técnico y ciudadano, acompañado de una visión regional del territorio, que supere la fragmentación en la toma de decisiones.

Dado su carácter regional, la Sabana de Bogotá requiere límites claros a la expansión urbana, el fortalecimiento de la ruralidad y la transición hacia modelos productivos sostenibles.

Las discusiones sobre la Reserva no son solo ambientales, también son políticas y sociales, pues definen el tipo de ciudad que se construye, la forma en que los habitantes de la ciudad se relacionan con el resto de la naturaleza y las condiciones de vida de las futuras generaciones.

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