En el corazón de Amazonia, en donde los ríos no son recursos sino seres vivos, la comunidad indígena Bocas del Pirá y un investigador desmontaron la arraigada idea de que la gestión ambiental se impone desde afuera. Durante meses demostraron que cuidar la selva empieza por reconocer otras formas de entender el mundo.

Diana Manrique Horta | Periodista Unimedios- Sede Bogotáshare

Rápidos del río Apaporis, afluente del Amazonas que recorre una de las zonas con mayor biodiversidad y riqueza cultural del país. Foto: archivo Unimedios.Rápidos del río Apaporis, afluente del Amazonas que recorre una de las zonas con mayor biodiversidad y riqueza cultural del país. Foto: archivo Unimedios.

A más de 800km de Bogotá, en la confluencia de los ríos Caquetá, Apaporis y Popeyaká, se extiende una franja amazónica de más de 1 millón de hectáreas que abarca los departamentos de Vaupés y Amazonas. En esta región, que recibe entre 2.900 y 3.400mm de lluvia al año, cada sonido, planta y corriente de agua cumple una función vital. El área, una de las más biodiversas del país, alberga más de 300 especies de aves, 200 de peces y decenas de plantas medicinales empleadas en rituales tradicionales, muchas de ellas aún desconocidas por la ciencia.

En ese territorio, pueblos como los macuna, tanimuca y letuama han tejido su existencia a partir de principios culturales de manejo. En su cosmovisión, los ríos tienen dueños espirituales, los árboles son ancestros, y cada acto humano —sembrar, pescar, cazar o curar— es un gesto de reciprocidad con la selva. Pero en las dos últimas décadas ese equilibrio ha comenzado a transformarse.

A las malocas, que durante siglos solo recibían frutos, fibras y utensilios biodegradables, llegaron botellas plásticas, empaques metalizados, latas y bolsas traídas por comerciantes fluviales desde Mitú, La Pedrera, Leticia o Brasil. Con ellas llegaron las gaseosas, las galletas de paquete, el arroz y la harina industrial, el aceite embotellado, el alcohol, los jabones y los detergentes, productos ajenos a la economía de autoconsumo que ahora se han vuelto cotidianos.

Los residuos de yuca, pescado o frutas que antes se biodegradaban fácilmente con las lluvias fueron reemplazados por envolturas que no tienen un retorno posible. El plástico comenzó a acumularse alrededor de las malocas y en los caños, o a quemarse a cielo abierto dejando un humo agrio que los mayores describen como “aire enfermo”.

Por si fuera poco, a esta invasión silenciosa se suma la presión de la minería aurífera y la tala ilegal, que contaminan las aguas con mercurio y abren trochas en el bosque alterando además el pensamiento cultural y el control espiritual del territorio, y debilitando las formas tradicionales de gobierno.

Frente a este panorama, Carlos Andrés Cáceres Chaves, magíster en Estudios Amazónicos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia, se internó durante 6 meses en la comunidad de Bocas del Pirá para entender cómo los saberes tradicionales pueden dialogar con la ciencia ambiental convencional.

Ubicación del Resguardo-Parque Yaigojé Apaporis, en la confluencia de los ríos Caquetá, Apaporis y Popeyaká. Foto: Carlos Cáceres, magíster en Estudios Amazónicos de la UNAL.Ubicación del Resguardo-Parque Yaigojé Apaporis, en la confluencia de los ríos Caquetá, Apaporis y Popeyaká. Foto: Carlos Cáceres, magíster en Estudios Amazónicos de la UNAL.

El diálogo como forma de gestión

El estudio se desarrolló en el marco del proceso político y organizativo del Consejo Indígena del Yaigojé Apaporis (CITYA), articulado con el Régimen Especial de Manejo (REM) establecido en 2018 para coordinar la administración conjunta entre Parques Nacionales Naturales y las autoridades indígenas del territorio. En ese sentido, el magíster propuso un ejercicio colaborativo orientado a fortalecer la gestión ambiental a partir del diálogo intercultural.

“Lo más difícil fue aprender a soltar el conocimiento propio para aceptar el del otro. Venimos de una formación occidental muy estructurada, pero en el territorio hay otra forma de pensar, de sentir y de conocer. A continuación, escuche lo que el investigador señala al respecto.

El proceso incluyó recorridos por el territorio, talleres con mayoras y sabedores, y la elaboración de cartografías participativas en las que los habitantes dibujaron su territorio identificando zonas de pesca, chagras, sitios sagrados y lugares afectados por residuos o tala.

Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando el investigador fue invitado al baile del chontaduro, ceremonia que dura tres días y dos noches sin dormir, en la que se transmiten conocimientos sobre el equilibrio del territorio. Así recuerda cómo la vivió:

De estas experiencias surgieron dos resultados concretos: el documento “Estructura de gobierno comunitario – Comunidad de Bocas del Pirá” y la propuesta “Educación ambiental intercultural en el territorio indígena Yaigojé Apaporis”, ambos construidos en talleres colectivos.

El primero se concibe como una guía metodológica para fortalecer el gobierno comunitario en torno al manejo ambiental del territorio. En él, la comunidad estableció de forma autónoma roles, funciones y protocolos internos para proteger sus recursos naturales. También crearon el Comité de Manejo Ambiental, fundamentado en los principios de manejo cultural e interculturalidad, encargado de promover acuerdos locales, coordinar acciones de monitoreo y resolver conflictos menores relacionados con el uso del territorio.

A diferencia de otros procesos externos, estos acuerdos no quedaron como recomendaciones, sino que se integraron a la estructura de gobierno propio, con responsabilidades definidas y mecanismos de seguimiento acordados por la misma comunidad.

El segundo producto articula la enseñanza formal con el calendario ecológico indígena, que organiza el año según los ciclos del río, la floración de los árboles y las ceremonias tradicionales. Allí la educación ambiental se convierte en una práctica viva: los niños observan plantas medicinales, reconocen los sitios sagrados, identifican especies de aves y peces, y escuchan a los abuelos narrar historias que vinculan el comportamiento del bosque con el bienestar colectivo.

“El territorio no es solo el contexto de la educación: es su contenido, su método y su sentido”, enfatiza el magíster.

Carlos Andrés Cáceres Chaves, magíster en Estudios Amazónicos, durante su trabajo de campo con la comunidad de Bocas del Pirá. Foto: Carlos Cáceres, magíster en Estudios Amazónicos de la UNAL.Carlos Andrés Cáceres Chaves, magíster en Estudios Amazónicos, durante su trabajo de campo con la comunidad de Bocas del Pirá. Foto: Carlos Cáceres, magíster en Estudios Amazónicos de la UNAL.

Las iniciativas, validadas en la maloca de Bocas del Pirá y ratificadas por el CITYA, representan un modelo de gestión ambiental intercultural que traduce principios espirituales en acciones cotidianas y consolida el liderazgo de sabedores y mayoras como autoridades ambientales del territorio.

El trabajo partió de problemas concretos que antes no formaban parte de la vida comunitaria, como la acumulación de residuos no biodegradables y la contaminación de fuentes de agua, lo que obligó a replantear prácticas tradicionales frente a nuevas dinámicas de consumo.

Como parte del proceso, el investigador se apoyó en la idea de “multinaturalismo”, una noción que, en palabras sencillas, reconoce que no existe una única naturaleza sino muchas formas de vida que conviven en el mismo mundo. En la visión macuna, los ríos, los animales y las montañas no son recursos sino seres con memoria y voluntad, con quienes se mantienen relaciones de reciprocidad.

“En su idioma no existen palabras como ‘pobreza’ o ‘mañana’ porque no hay acumulación ni ansiedad por el futuro. Su riqueza está en coexistir sin romper los vínculos que sostienen la vida”, anota el magíster Cáceres.

Por eso, el trabajo concluye que cuidar el territorio no se trata solo de conservar árboles o recoger basura, sino de mantener vivas las relaciones entre quienes lo habitan y lo que les da sustento. Esto implica pasar de una lógica de intervención externa a procesos construidos desde el territorio, en donde las decisiones se toman a partir del conocimiento local y no de modelos homogéneos.

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