En algunas regiones del altiplano sudamericano, la vida ha persistido en condiciones que parecerían incompatibles con la salud humana. Durante miles de años, comunidades andinas han consumido agua con niveles elevados de arsénico, un elemento asociado con enfermedades graves y muerte prematura. Sin embargo, estudios recientes han demostrado que el ADN de los Andes guarda una clave sorprendente: una adaptación biológica que permite procesar este tóxico de manera más eficiente. Este fenómeno no solo desafía lo que se creía sobre los límites del cuerpo humano, sino que también ofrece una ventana única para entender cómo evoluciona nuestra especie frente a entornos extremos.
El ADN de los Andes y la resistencia al arsénico
En condiciones normales, la exposición prolongada al arsénico representa un riesgo crítico. Está relacionado con cáncer, lesiones cutáneas, problemas cardiovasculares y malformaciones congénitas. Sin embargo, en localidades como San Antonio de los Cobres, a más de 3,700 metros de altitud, esta exposición ha sido parte de la vida cotidiana durante al menos 7,000 años.

Investigaciones realizadas desde la década de 1990 detectaron que estas poblaciones metabolizan el arsénico de forma distinta. En lugar de acumular el compuesto más tóxico (monometilarsénico o MMA), sus organismos transforman más rápidamente esta sustancia en una forma menos dañina (dimetilarsénico o DMA), que puede eliminarse con mayor facilidad a través de la orina. Esta eficiencia metabólica reduce significativamente el impacto del veneno en el cuerpo.
El gen AS3MT y la selección natural en los Andes
La explicación de este fenómeno comenzó a tomar forma en 2015, cuando un estudio publicado en Molecular Biology and Evolution analizó el ADN de mujeres de esta región. Los resultados señalaron al gen AS3MT, clave en el procesamiento del arsénico. Los investigadores identificaron variantes genéticas específicas asociadas con un metabolismo más eficiente del tóxico. Estas variantes aparecen con mucha mayor frecuencia en poblaciones expuestas históricamente al arsénico que en otras regiones de América del Sur.

Esto sugiere un proceso de selección natural conocido como “barrido selectivo”, donde ciertos rasgos se vuelven predominantes porque aumentan las probabilidades de supervivencia. En términos evolutivos, quienes poseían estas variantes tenían mayores posibilidades de sobrevivir y reproducirse, transmitiendo así esta ventaja a futuras generaciones. Este hallazgo es considerado una de las primeras evidencias claras de adaptación humana a una sustancia química tóxica ambiental.
Adaptación al arsénico en otras poblaciones andinas
Este fenómeno no es exclusivo de una sola comunidad. Estudios posteriores, como uno publicado en Chemosphere en 2022, analizaron poblaciones indígenas de Bolivia, incluyendo grupos aimara-quechua y uru. Los resultados confirmaron una alta frecuencia de variantes protectoras del gen AS3MT. De hecho, en estas poblaciones se detectó una de las señales de selección natural más intensas registradas en el genoma humano, situándose en el 0.5 % más fuerte de todo el ADN analizado.

Esto refuerza la idea de que la adaptación al arsénico ha ocurrido de manera paralela en distintas comunidades expuestas al mismo entorno. La evolución no es un proceso del pasado: sigue ocurriendo en tiempo real, moldeada por las condiciones ambientales. En este caso, el arsénico ha actuado como una presión selectiva constante durante miles de años.
Más allá del ADN: el papel de la epigenética
Aunque la genética explica gran parte de esta adaptación, no es el único mecanismo en juego. La epigenética —los cambios en la forma en que se activan o desactivan los genes— también podría desempeñar un papel importante. Investigaciones recientes de la Universidad de Emory han encontrado modificaciones epigenéticas en poblaciones andinas relacionadas con la adaptación a la altitud. Estas alteraciones afectan genes vinculados al sistema vascular, el músculo cardíaco y procesos como la formación de nuevos vasos sanguíneos.

A diferencia de las mutaciones genéticas, estos cambios no alteran la secuencia del ADN, sino su expresión. Esto permite una respuesta más flexible al entorno, especialmente frente a condiciones como la hipoxia (baja disponibilidad de oxígeno), característica de las grandes altitudes. Sin embargo, estos ajustes también pueden tener implicaciones complejas, como un mayor riesgo de hipertensión pulmonar, lo que muestra que la adaptación biológica no siempre es perfecta, sino un equilibrio entre beneficios y costos.
El caso tibetano: otra ruta evolutiva frente a la altitud
Para entender mejor la diversidad de respuestas humanas, es útil comparar lo que ocurre en los Andes con lo observado en la meseta tibetana. Allí, las poblaciones han desarrollado una adaptación distinta a la hipoxia. Estudios han demostrado que, en lugar de aumentar la concentración de hemoglobina, las personas tibetanas presentan una mayor eficiencia en la oxigenación de la sangre. Esto evita el espesamiento sanguíneo y reduce la carga sobre el corazón. Parte de esta adaptación se relaciona con el gen EPAS1, heredado de los denisovanos, una especie humana extinta.

El caso del ADN de los Andes revela que la evolución humana no es un fenómeno terminado, sino un proceso activo que continúa moldeando nuestra biología. La capacidad de estas poblaciones para resistir niveles elevados de arsénico, junto con su adaptación a la altitud, demuestra que el cuerpo humano puede responder de formas inesperadas a los desafíos del entorno. Sin embargo, también plantea preguntas importantes sobre los límites de esta adaptación y sus implicaciones a largo plazo. Si el entorno cambia constantemente, ¿hasta dónde puede seguir adaptándose nuestra especie?
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