Los descubrimientos, reconocidos con mención de honor por el Premio Nacional Alejandro Ángel Escobar, revolucionaron la ciencia y servirán para diagnosticar aumentos de temperatura y contaminación con el fin de tomar decisiones de prevención, mitigación y cuidado del medioambiente.

Laura Franco Salazar | Periodista Unimedios Sede Medellín share

A medida que el tronco crece se va formando un anillo. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.A medida que el tronco crece se va formando un anillo. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.

Una cortina de gotas de agua cubre casi a diario la zona más lluviosa de América: el Chocó biogeográfico, región que se extiende desde el norte de Ecuador, pasa por la línea del océano Pacífico y llega hasta el Darién colombo-panameño. En sus inmediaciones está el municipio de López de Micay (Cauca), considerado como el lugar más lluvioso de la Tierra, ya que recibe más de 13.000 milímetros (mm) de agua por precipitación al año, lo que equivale a 7 veces más lo que cae en ciudades como Medellín o Bogotá.

A solo 120km de este lugar, en el Centro Forestal Tropical Pedro Antonio Pineda de la Universidad del Tolima (Buenaventura, Valle del Cauca), los investigadores Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín, y el profesor Jorge Ignacio del Valle, su director de tesis –hoy jubilado de la Facultad de Ciencias Agrarias–, resolvieron uno de los misterios más ignorados de la dendrocronología, ciencia que estudia los anillos de los árboles que se forman en el interior del tronco según este se va engrosando.

Desde el siglo XVII, y durante 500 años más, se creyó que los árboles presentes en países del Trópico, como el nuestro, crecían durante todo el año y no tenían anillos por la falta de estaciones. “Sin embargo, este paradigma cambió cuatro siglos después gracias a la ciencia, y se determinó que sí tenían ritmos de crecimiento que dependían del déficit hídrico, del exceso de salinidad en los manglares, o de agua, en los bosques inundables como los de la Amazonia”, explica el profesor del Valle.

Aunque a partir de los años 80 los avances fueron significativos, un mito siguió vigente: los árboles del trópico que no están expuestos a uno de estos factores (déficit hídrico, exceso de salinidad o inundaciones), en efecto no deberían tener anillos, lo que llevó a ignorar y desaprovechar la información que almacenan sus troncos con respecto a los patrones del clima del pasado –de más de 300 años atrás–o la contaminación ambiental histórica, entre otros factores.

El Chocó biogeográfico es una de las zonas más biodiversas del continente. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.El Chocó biogeográfico es una de las zonas más biodiversas del continente. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.

“Colombia es el país más biodiverso del planeta por kilómetro cuadrado y estaba perdiendo la posibilidad de analizar los árboles de sus bosques hiperlluviosos, conocer datos útiles para hacer visualizaciones a futuro, diagnosticar aumentos de temperatura, entender sus propios ecosistemas y tomar decisiones de prevención, mitigación y cuidado del medioambiente, lo que es fundamental para hacerle frente a la actual crisis climática”, añade.

Cuatro toneladas de madera para buscar la verdad

Durante décadas el profesor Del Valle se plantó frente a paisajes boscosos muy húmedos y vio con sus propios ojos los anillos que los científicos seguían negando desde hacía siglos. Por eso, junto a estudiantes como Jorge Andrés, emprendió la investigación a partir de dos hipótesis: primero, que la alta disponibilidad de agua (medida como lluvia) en los bosques siempre húmedos impedía la aireación de los suelos, y por ende limitaba el crecimiento de los árboles en algunos periodos del año; y segundo, que el déficit lumínico, debido a la alta nubosidad, sería una limitante para la fotosíntesis y el crecimiento durante algunos de los meses más lluviosos del año.

Para explorar estas dos hipótesis, los investigadores viajaron hasta Buenaventura, en donde los recibieron colegas de la Universidad del Tolima además de Sixto, un habitante de la zona que fue maderero y conoce muy bien el sitio y las especies. “Sixto sabía en qué lugares del bosque (propiedad del Consejo Comunitario del Bajo Calima) se hacía aprovechamiento doméstico de los árboles. Él nos llevó a sitios en los que recién se habían cortado árboles, de allí tomamos discos de madera y muestras botánicas (hojas, frutos, semillas) para iniciar los estudios”, recuerda el investigador Giraldo.

El profesor Jorge Ignacio del Valle y el doctor en Ecología Jorge Andrés Giraldo en trabajo de campo. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.El profesor Jorge Ignacio del Valle y el doctor en Ecología Jorge Andrés Giraldo en trabajo de campo. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.

Durante dos meses de muestreo obtuvieron más de cuatro toneladas de madera para analizarlas en el Laboratorio de Bosques y Cambio Climático de la UNAL Sede Medellín. Lijaron y observaron de cerca las piezas constatando que, contrario a lo que se había creído durante años, los árboles de bosque hiperhúmedo sí tienen anillos de crecimiento. El 82% de las 81 especies evaluadas presentó anillos, así: el 46% bien definidos, el 36% tenues, y el 18% definitivamente no presentó.

Entre las especies evaluadas están el carrá (Huberodendron patinoi), el guamo (Igna acreana) y el chanul (Humiriastrum procerum).

Romper un paradigma de siglos

El resultado rompió con la creencia pesimista que aún tenían dendrocronólogos y ecologistas de todo el mundo y generó dos preguntas fundamentales para continuar y aprovechar la información que almacenarían estos árboles sobre el pasado: ¿cada cuánto se forman sus anillos?, y ¿qué factores sutiles están involucrados en su crecimiento?

Para resolver la primera, el investigador Giraldo hizo análisis químicos, específicamente dataciones por radiocarbono (carbono 14), isótopos estables de oxígeno y carbono, y además utilizó dendrómetros (equipos que se ubican en el tronco de los árboles vivos y miden su crecimiento en tiempo real) y dataciones cruzadas o sincronización de series de anillos, que es la técnica estándar aplicada a las especies con suficientes réplicas (describir los límites de los anillos, construir cronologías y realizar comparaciones crecimiento versus clima).

“Este enfoque, que aplica cuatro técnicas robustas, deja pocas dudas de que los árboles estudiados tienen un crecimiento rítmico pudiendo ser empleados para estudios dendroclimatológicos y ecológicos”, precisa.

Durante dos meses los investigadores cargaron más de 4 toneladas de madera. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.Durante dos meses los investigadores cargaron más de 4 toneladas de madera. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.

Así encontró que estos anillos, hasta la fecha desconocidos para la ciencia, también se forman anualmente y que, aunque la mayoría de los árboles estudiados presentaron un ritmo de crecimiento asociado con la época seca (poca lluvia y más luminosidad), algunos también crecieron en los periodos más lluviosos del año. “Esto último nos sorprendió bastante. El bosque no tiene un solo patrón. Hay muchas especies y cada una tiene estrategias evolutivas diferentes”, señala.

Estos descubrimientos son unas primeras pistas. De ahora en adelante es importante seguir haciendo mediciones y experimentos. “Yo todavía me considero ignorante. No es suficiente con hacer relaciones y correlaciones estadísticas. Las causas de que estos árboles crezcan y detengan su crecimiento en determinados periodos se deben seguir estudiando”, apunta el profesor Del Valle.

Árboles, jueces en una disputa legal

Esta investigación también fue la primera en aplicar la dendrocronología en una disputa jurídica en Colombia, pues en 2015 el pequeño propietario de una plantación de teca –ubicada en el norte del Chocó biogeográfico, en Apartadó, Antioquia– tuvo una discusión legal en contra de una empresa de energía eléctrica de la región. Según señalaba el hombre, en 2015 la empresa taló sin su consentimiento cerca de 80 árboles de su propiedad, en línea recta, debajo de un corredor eléctrico rural, fragmentando así su rodal de tres hectáreas en dos porciones.

La ayuda de otros colegas y de la comunidad de la zona fue clave en la investigación. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.La ayuda de otros colegas y de la comunidad de la zona fue clave en la investigación. Fuente: Jorge Andrés Giraldo Jiménez, doctor en Ecología de la UNAL Sede Medellín.

“La empresa declaraba que en esa área no había árboles plantados, o por lo menos no en 2008, cuando se estableció la línea de transmisión de energía. Sin embargo, el propietario afirmaba que había plantado los árboles en 2006, por lo que la empresa debería haberlos visto en 2008. Por eso, y para comprobar quién estaba en lo correcto, analizamos los árboles talados mediante dataciones de carbono 14 (radiocarbono) y técnicas dendrocronológicas (en 2015 lo hizo la empresa y en 2016 nosotros) y árboles vivos”, cuenta el investigador Giraldo.

Así se comprobó que el primer anillo de crecimiento databa de 2005, un año antes de lo informado por el propietario (2006), hecho que se explica debido a que la plantación fue establecida mediante esquejes de un año de edad y no por semilla, lo que a su vez confirma que las tecas tenían 10 años en 2015 y comprueba la versión del propietario.

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