Leticia, municipio del extremo sur de Colombia, es el hogar de unos 56.000 habitantes, quienes cada año reciben alrededor de 100.000 visitantes. Este potencial turístico ha sido explotado por agencias ajenas al territorio que han vendido la imagen de un lugar exótico, al que la población amazónica solo ha podido sumarse representando una cultura artificial.
Michael Weidemann | Investigador del Doctorado en Estudios Amazónicos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL)share
A finales de la temporada de aguas altas, se construyen puentes ambulantes para facilitar la llegada al otro lado de la Isla de la Fantasía. Foto: Michael Weidemann (2022).
La ubicación periférica de Leticia restringe el acceso de las vías aéreas y fluviales: mientras la mayor parte del transporte fluvial se limita a la movilización de la población (pan-) amazónica, el aeropuerto constituye la puerta principal para el acceso de turistas nacionales e internacionales a este llamativo territorio.
Para entender el rol del turismo en el entorno natural, la sociedad y su economía, antes de preguntarnos por el tipo de turismo que se realiza y cómo este influye en las relaciones socioambientales de los ecosistemas, las sociedades y sus urbanizaciones, debemos comprender qué es el turismo, y más precisamente qué significa en y para el territorio amazónico.
En este sentido es importante considerar el turismo de manera más compleja a la sugerida por las prácticas que influyen sobre nuestro sentido común. Claro que sí: el turismo es negocio, es ocio y diversión; es un sector industrial y también una manera de conocer una porción de nuestro mundo, lejos de nuestra cotidianidad y del entorno habitual en el que vivimos y que conocemos a profundidad. Por ende, el turismo también es curiosidad.
Durante décadas la posibilidad de trasladarse vía aérea fue un privilegio al que solo accedía una pequeña porción de la sociedad, tanto nacional como internacional. Pero a lo largo de los años los mecanismos del mercado neoliberal permitieron que cada vez más gente gozara la oportunidad de volar hacia lugares desconocidos.
¿Pero por qué la gente quiere o decide viajar al Amazonas?
En tiempos pasados de pronto leyeron La vorágine, los libros de Mario Vargas Llosa, o se cruzaron con planes aventureros de agencias de viajes. En tiempos más recientes, los documentales, películas o plataformas virtuales serían la mejor conjetura del viaje.
Sea por el medio o el tiempo que sea, la Amazonia ha sido representada –y particularmente promovida– como un lugar de destino diferente, ancestral, natural, o simplemente místico y ajeno a la experiencia cotidiana de quienes ahora pueden visitarla, componentes que entenderíamos como un imaginario exotizado, un lugar en el que las reglas del resto de la sociedad no aplican, una tierra de nadie.
También, como apreciamos hoy, a través de su instrumentalización para discursos políticos globales en los que la Amazonia sirve de ejemplo para encaminar estrategias como los bonos de carbono, a pesar de que dicha estrategia no solo carece de pruebas de cumplimiento con su supuesto objetivo (reducir las emisiones), sino que además ha funcionado como herramienta para mercantilizar territorios indígenas y de conservación. Si hablamos de la sostenibilidad, la conservación u otros conceptos de la actividad humana y su conciencia ambiental, la Amazonia sirve de ejemplo por excelencia para más que un propósito o interés económico.
El turismo no es una actividad desvinculada del mercado capitalista, sino uno de los sectores industriales más importantes globalmente. A diferencia de otras industrias, el producto final no se transporta hacia el entorno habitual del consumidor, sino al revés, el consumidor se moviliza hacia el lugar de consumo del producto final: la experiencia. Pero esa experiencia, por “auténtica” que se promueva, incorpora una variedad de patrones de consumo que meramente replican los de otras industrias: para viajar se consumen combustibles; para alojarse se consumen materiales de construcción; para alimentarse se consumen alimentos –tanto locales como importados– que requieren de las respectivas cadenas de valor, materias primas y mano de obra; y para lograr una interacción con este entorno socioambiental se requiere del tiempo, del personal profesional, y de las comunidades receptoras.
Es de conocimiento común que “el tiempo es dinero”, en este caso, el tiempo que la comunidad amazónica receptora invierte en acomodar, atender y acompañar al visitante les genera gastos, sea su traslado hacia el hotel, el transporte o el tiempo que no puedan dedicar a otras actividades, tanto económicas como tradicionales (como las prácticas culturales y ambientales).
Para proveer una experiencia “auténtica” se requiere de tiempo y espacio. Pero en la cotidianidad de la sociedad receptora también se requiere de acuerdos, negociaciones, instituciones y prácticas para que la cadena de valor turístico funcione. En el caso amazónico, durante décadas eso ha significado que la sociedad receptora se debe acomodar según el imaginario que se le creó al turista visitante.
Amazonas turístico
La captura de animales nativos para la exhibición turística ha sido una de las consecuencias de la adecuación a las expectativas creadas por la ideación exotizada. Foto: Michael Weidemann.
Cuando los turistas llegan a Leticia a veces se sorprenden de que “los nativos” no vistan de taparrabo y plumaje, sino que tienen la misma ropa que ellos, usan celulares, etc. Entonces, para satisfacer los imaginarios exotizados divulgados nacional y globalmente sobre este territorio, se crean experiencias, se desarrollan (re-) presentaciones de vestimentas y prácticas estilizadas en el marco de atractivos turísticos.
Como hoy es más probable trasladarse en un metro bogotano que avistar un jaguar o una anaconda en su entorno natural y “silvestre”, se han construido jaulas para presentar animales capturados ilegalmente y convertirlos en una experiencia turística. La famosa Isla de los Micos no era diferente solo porque no hubiera rejas (aunque en años recientes se implementaron prácticas de cuidado más adecuadas).
Pero no solo hablamos de la fauna silvestre, también hablamos de la exotización de la población local. En Leticia, la urbanización más grande del departamento, la sociedad está conformada no solo por comunidades indígenas; es el resultado de un largo proceso que comprende las relaciones con los países vecinos: Brasil y Perú. La región es el hogar de comerciantes antioqueños, huilenses o caribeños; también es lugar de acogida para un sinfín de desplazados por la cauchería y el conflicto armado, o por familias atraídas por bonanzas del pasado (la quina, las pieles, etc.).
Se trata de una sociedad diversa e internacional. Mientras más de 27 pueblos-naciones-culturas indígenas están representados en la población, también es hogar para una población importante del interior del país al igual que extranjeros que decidieron permanecer en este territorio.
Cuando tratamos de entender la importancia del turismo para la región, no se trata solo de contemplar aquellos ámbitos que estamos acostumbrados a pensar al idear la Amazonia. Evidentemente estamos hablando del bosque húmedo tropical más grande del mundo, la población indígena diversa, sus inmensurables conocimientos, invalorables tradiciones culturales e importantísimas prácticas ambientales.
Pero también estamos hablando de la capital de un departamento, lugar de encuentro de tres países, una región urbana y periurbana poblada por más que 100.000 habitantes. Y estamos hablando de una región periférica –para cualquiera de los países de esa triple frontera– que históricamente ha sido saqueada, utilizada, gobernada u olvidada, si no por imperios globales, sí por intereses de sus respectivas naciones.
Emancipar la Amazonia
Debido a la sedimentación del río Amazonas y los últimos años de sequías fuertes, el malecón de Leticia enfrenta problemáticas para la embarcación de los turistas. Foto: Michael Weidemann.
Desarrollar una industria turística más sostenible, en el sentido de que provea y distribuya equitativamente los suficientes beneficios socioeconómicos para que su población compense los riesgos y costos que enfrenta, no será cuestión de mercadeo y conservación. Al menos no se debe reducir a estos ámbitos. Se trata de emancipar la región de las decisiones tomadas sobre ella desde las lejanías. Se trata de idear un turismo amazónico que se fundamente en, y se adapte a las condiciones y realidades que presenta el territorio y que vive su gente.
Si el Amazonas se sigue pensando como territorio exótico y “silvestre”, las políticas públicas se seguirán destinando a cuestiones de conservación y representación de estas ideas, en vez de centrarse en avanzar en garantizar los servicios básicos de salud (hospitales con equipos y talento humano de alta calidad), agua potable o un sistema de tratamiento de basuras que supere el existente de botaderos a cielo abierto que terminan contaminando las fuentes hídricas del municipio.
Se trata de modificar las estructuras que desde tiempos coloniales permitieron que el mercado global impactara de tal manera a la sociedad amazónica, que ni los políticos locales ni las comunidades indígenas han sentido la necesidad de reflexionar sobre sus propias contribuciones a la reivindicación de lo que hoy es una Amazonia turistificada.
Desafortunadamente este proceso no se iniciará a partir de unos cuantos cambios locales. Se requiere de un cambio a todos los niveles de las cadenas de valor turísticas y las instituciones que rigen su inercia. Por eso los cambios necesarios no tendrían forma de proyecto, sino que serían procesuales. Con la integración de la academia en los procesos participativos comunitarios, políticos y sectoriales se daría un primer paso. No porque la academia tenga las soluciones, sino porque es el actor encargado de analizar estos temas a profundidad.
Como evidenció la crisis de la pandemia de covid-19: a pesar de que toda la sociedad local sufrió impactos gigantes en la economía de sus hogares y docenas de agencias y alojamientos tuvieron que cerrar sus puertas –dejando sus empleados y contratistas sin nada–, la precariedad y dependencia inminente de los actores no les dejó capacidades por destinar a la proyección al futuro. En este sentido, el papel de la academia consiste en desarrollar estas propuestas.
Si las comunidades indígenas entienden que sus territorios autónomos tienen la potestad de regular las condiciones bajo las cuales los turistas puedan gozar de experiencias en estos, las agencias deben ponerse de acuerdo con ellas. Si este proceso se ve acompañado por las entidades públicas correspondientes, ambos partidos tendrían garantías sobre estos acuerdos.
No se trata de regular el turismo, sino de institucionalizar las reglas bajo las cuales este se pueda desarrollar, mediante acuerdos tanto sobre el manejo de residuos como sobre la venta de productos alimenticios y los costos de los productos que conforman las experiencias turísticas, esto con el solo fin de generar más resiliencia para el sector y sus integrantes.
Leticia no está compitiendo con Puerto Nariño, como no lo están haciendo sus actores; lo que está en competencia es el lugar de destino con otros destinos amazónicos en Brasil, Perú, Ecuador y otros países, al igual que con otros destinos nacionales e internacionales que compiten por el tiempo limitado del cual dispone el turista cuando planea su viaje.
Podemos concluir que el turismo no es el que está impactando sobre las sociedades y los ecosistemas amazónicos, sino la falta de disposición para emprender procesos colectivos, participativos y equitativos. Cuando los actores de todos los sectores se involucren al gran complejo turístico no tendrán que cumplir con las expectativas exteriores. Cuando las agencias promotoras en Bogotá, Medellín, la Costa Caribe o Cali, al igual que en Europa o Estados Unidos, reciban información promocional sobre este destino, que ya no promete cumplir con los imaginarios que se han creado en estos lugares lejanos, sino que ofrezca una experiencia verdadera, única, auténtica y “aterrizada”, nadie se tendrá que doblar para crear productos artificiales.
Si se promueve un turismo responsable y construido conjuntamente, ya no impactará negativamente, porque las condiciones de su visita estarán reguladas. Tanto el turista como las comunidades y agencias sabrán que deben depositar la basura que generan en ciertos puntos indicados; los alimentos no se tendrán que importar si el turista espera gozar la gastronomía local; y los jaguares ya no estarán enjaulados como atractivo, porque el turista estará contento con ver los miles de loros que están vuelan libres alrededor de ellos.
periodico.unal.edu.co
