En el municipio Silvia (Cauca) el 80 % de las familias indígenas no cuentan con la tierra mínima para garantizar su sustento agrícola. Un diagnóstico realizado por el proyecto “Territorio, Comida y Vida” (TCV) en 146 hogares Misak y Ampiuile mostró que la mayoría apenas dispone de una hectárea, cuando en la región se requieren entre 8 y 11 hectáreas para sostener a una familia rural. Pero la historia no se queda en las estadísticas: en medio de estas limitaciones los pueblos han encontrado en sus huertas, fogones y mingas comunitarias la forma de resistir, revitalizar sus prácticas y sembrar futuro.
26 de septiembre de 2025
Juan Esteban Correa Rodríguez | Periodista Unimedios Bogotáshare
Históricamente las mujeres del pueblo Misak han sido relegadas de los procesos de adjudicación de tierras. Fotos: Juan Esteban Correa Rodríguez, Unimedios.
Enclavado en las montañas de la cordillera Central, a una hora de Popayán y con un clima frío, a Silvia se le conoce como la “Suiza de América” por sus lagunas, páramos y paisajes que parecen sacados de una postal. Pero más allá del atractivo turístico, el municipio guarda una riqueza mucho mayor: es el corazón de los pueblos Misak y Ampiuile, comunidades indígenas que han habitado estas tierras desde tiempos inmemoriales.
Su cultura se expresa en la lengua, los tejidos, la música y la espiritualidad, pero sobre todo en la manera de relacionarse con la tierra. Para los Misak y los Ampiuile la agricultura no es solo un medio de subsistencia, sino también un acto de continuidad cultural, un vínculo con sus ancestros y una forma de garantizar el buen vivir colectivo.
Pero ese vínculo está en riesgo. Una encuesta reveló que un 30% de las familias dispone apenas de menos de una hectárea; un 21,5% cuenta con entre 1 y 2; y solo un 20,7% alcanza más de 4 hectáreas. Con tierras tan pequeñas no es posible rotar cultivos –lo que se requiere para aportar nutrientes y evitar plagas– ni dejar descansar los suelos, lo que acelera el desgaste y la pérdida de fertilidad.
Las nuevas generaciones están revitalizando los tubérculos y otros alimentos para generar valor agregado.
El reto se agrava porque más del 80% de las tierras de los resguardos tienen restricciones para el uso agrícola, por estar ubicadas en zonas de conservación ambiental o en áreas catalogadas como de protección. Para estas comunidades significa una disyuntiva difícil: “cultivamos para sobrevivir o preservamos los espacios espirituales y ecológicos que son sagrados en nuestra cosmovisión”.
En este escenario, el proyecto TCV –desarrollado por más de 12 años con la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), la Universidad del Cauca (Unicauca) y el apoyo del Centro de Investigación para el Desarrollo Internacional (IDRC) de Canadá– abrió espacios de diálogo y construcción colectiva. No se trataba solo de medir el problema, sino de acompañar procesos locales para fortalecer la soberanía alimentaria. Así surgieron diplomados territoriales, diagnósticos comunitarios y 8 iniciativas que buscan recuperar el equilibrio entre tierra, alimento y cultura.
Como recuerda Flor Cuchillo, lideresa misak, “lo importante es que algo cambie, así sea poco, pero que nazca desde la comunidad y contribuya al buen vivir colectivo”.
La profesora Teresa Mosquera, líder del proyecto, explica que las universidades acompañan las iniciativas que surgen del conocimiento ancestral, como en el caso de los sistemas agroalimentarios, no solo para producir alimentos, sino que además sean saludables y se comercialicen:
Una de las estrategias es reposicionar alimentos como la quinua, que formaron parte de la cultura indígena y que fue reemplazada por arroz, el cual no se produce en el territorio, así como otros productos, según explica el profesor Álvaro Acevedo Osorio, de la Facultad de Ciencias Agrarias:
Revitalización alimentaria: fogones, mujeres y escuelas vivas
El proyecto también identificó un problema creciente: el avance de la comida chatarra en los entornos escolares. En las tiendas de los colegios abundaban los alimentos ultraprocesados y las gaseosas, mientras que los propios son cada vez menos valorados.
La respuesta de las comunidades fue creativa. En la Institución Educativa Técnica Ambaló nació la Tienda de Alimentación Escolar Propia (TAEP), en donde los mismos estudiantes de secundaria reemplazaron los paquetes y refrescos por arepas, panes y preparaciones locales. Allí no solo venden comida, sino que también aprenden sobre agroecología, gestión y liderazgo.
Para contrarrestar la venta de comida chatarra y la falta de tierras, las comunidades han realizado ferias para vender y dar a conocer sus productos tradicionales.
Clara Milena Tunubalá, integrante del pueblo Misak en el Resguardo Indígena de Guambia (Silvia), señala que a las comunidades les preocupaban las enfermedades asociadas con el tipo de alimentación:
En la Misak Universidad surgió la tienda Kasrak Mamik, un espacio pedagógico-comercial en donde los estudiantes experimentan cómo la alimentación puede ser un acto político: comprar allí significa apoyar a productores locales y reforzar la identidad cultural.
Uno de los temas más visibles fue el papel de las mujeres. Históricamente relegadas en los procesos de adjudicación de tierras, ellas enfrentan además una carga desigual de trabajo doméstico y comunitario que limita su participación en la vida política. Sin embargo, en el marco del proyecto se propusieron acciones concretas: desde establecer criterios que prioricen a mujeres y jóvenes en la distribución de tierras, hasta promover una redistribución del trabajo de cuidado.
Las mujeres también crearon redes como Mujeres Emprendiendo Camino (MAEC), en donde articulan huertas, cocina, artesanías y economía circular, lo que les ha permitido pasar de ser vistas como beneficiarias a convertirse en proveedoras y líderes en cadenas solidarias de valor.
Y los más pequeños participaron en los Cocineritos y Cocineritas Ancestrales Misak, un programa en el que aprendieron de las sabedoras cómo preparar alimentos tradicionales, descubriendo el significado ritual de cada ingrediente.


Luz Mary Piñimue, del pueblo Ampiuile, asegura que desde la pandemia vienen trabajando en este proyecto que hoy ya rinde frutos para su comunidad con un mercado móvil que les permite comercializar productos como empanadas de pipián y maíz:
Estos procesos muestran que la soberanía alimentaria no se limita a sembrar, sino que también se cultiva en la cocina, en las escuelas y en la vida comunitaria.
Nariño: los niños Pastos como guardianes del futuro
Mientras en Silvia el reto fue la falta de tierra productiva, en el sur de Nariño el desafío era en la transmisión de los saberes. Allí vive el pueblo de los Pastos, una comunidad ancestral que habita entre páramos y volcanes, en resguardos como Cumbal, Guachucal y Contadero. Su vida gira alrededor de la Pachamama y de la shagra, la huerta tradicional donde se cultiva no solo alimento, sino también la memoria espiritual de la comunidad.
Con el paso de los años, la presión de la economía de mercado y los alimentos industrializados debilitó estos lazos. Los mayores veían con preocupación cómo los jóvenes crecían cada vez más alejados de las prácticas agrícolas y del sentido espiritual del alimento.
Allí el proyecto TCV apostó por hacer de los niños, niñas y jóvenes protagonistas de la transición agroalimentaria. A través de juntanzas, juegos, fogones y caminatas a sitios sagrados, se construyeron espacios de aprendizaje que unen lo ancestral con lo pedagógico.
Los niños aprendieron a preparar la tierra con sus manos, a reconocer la importancia de los abonos orgánicos, a sembrar y agradecer con cantos y dibujos a la Madre Tierra. También construyeron herbarios colectivos y bitácoras en las que registraron plantas, recetas y saberes compartidos por los mayores. El fogón, convertido en escuela viva, fue escenario para preparar alimentos, conversar y recuperar el sabor como memoria.
Más que actividades sueltas, estas experiencias fortalecieron el sentido de pertenencia y sembraron nuevos liderazgos. En palabras del equipo técnico del proyecto, “la palabra de los mayores es semilla viva, pero la voz de los niños alimenta el futuro del territorio”.
Una semilla que germina
El balance del proyecto TCV no niega las dificultades: sí, 8 de cada 10 familias en Silvia no tienen tierra suficiente; sí, los jóvenes en Nariño se han ido alejando de la shagra; sí, la comida chatarra gana espacio en los colegios. Pero al mismo tiempo, las comunidades han demostrado que existen caminos para transformar esas cifras en oportunidades.
Cada fogón encendido, cada minga de siembra y cada tienda escolar gestionada por estudiantes son semillas que apuntan a un modelo más sustentable, justo y enraizado en la cultura ancestral.
En los pueblos Misak, Ampiuile y Pastos la comida no es solo alimento: es identidad, memoria y política de vida. Aunque las estadísticas hablan de carencias, las comunidades responden con lo más poderoso que tienen: la capacidad de organizarse, de recordar a sus ancestros y de sembrar esperanza en las nuevas generaciones.
PERIODICO.UNAL.EDU.CO
