En las aguas turbias del río Magdalena y en las ciénagas del Caribe colombiano todavía sobrevive un animal que parece sacado de la prehistoria: el caimán aguja (Crocodylus acutus). Con su hocico alargado, su mirada fija y su andar sigiloso, este reptil ha sido testigo de la historia del país desde hace millones de años. Sin embargo, hoy enfrenta un riesgo silencioso que no se ve a simple vista: la pérdida de su diversidad genética, la cual lo puede dejar en riesgo de desaparecer en el momento menos pensado.

Juan Esteban Correa Rodríguez | Periodista Unimedios Bogotáshare

El caimán aguja estaría perdiendo su diversidad genética en lugares como el Caribe colombiano. Foto: Brayan Pérez, Estudiante de Maestría en Ciencias Biología de la UNAL.El caimán aguja estaría perdiendo su diversidad genética en lugares como el Caribe colombiano. Foto: Brayan Pérez, Estudiante de Maestría en Ciencias Biología de la UNAL.

Durante buena parte del siglo XX los cazadores diezmaron las poblaciones para vender su piel en el mercado internacional. Se calcula que entre 1928 y 1965 salieron de Colombia alrededor de 2 millones de pieles. Esa cacería, sumada a la destrucción de manglares y humedales, dejó a las poblaciones del caimán aguja en números mínimos; tanto así, que en 2002 fue declarado “en peligro crítico” en el país.

Pero, más allá de contar cuántos animales quedan, el investigador Carlos Felipe Hernández González, magíster en Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), decidió mirar adentro, en sus genes, para entender cuán frágil es su situación, trabajo que contó con la ayuda y dirección del profesor Mario Vargas Ramírez, del Instituto de Genética y del grupo de Biodiversidad y Conservación Genética de la UNAL.

“Encontramos que todas las poblaciones analizadas están en un vórtice de extinción, pues tienen tamaños efectivos poblacionales alarmantemente bajos, con una diversidad genética muy pobre. En este momento lo que hay es sobrevivientes, aquellos que no fueron exterminados por los humanos, y en el Magdalena no hay corredores biológicos claros para que se movilicen”, advierte el magíster Hernández.

Huellas del caimán aguja captadas durante el trabajo de campo. Foto: Brayan Pérez, Estudiante de Maestría en Ciencias Biología de la UNAL.Huellas del caimán aguja captadas durante el trabajo de campo. Foto: Brayan Pérez, Estudiante de Maestría en Ciencias Biología de la UNAL.

En el trabajo se analizaron caimanes de distintas regiones del Caribe y del Magdalena, así como ejemplares criados en el zoocriadero Nelly Sierra & Cía., en Carmen de Apicalá (Tolima), y el resultado los sorprendió, pues descubrieron que en Colombia hay al menos 8 grupos genéticamente distintos, cada uno aislado del otro, con muy poca mezcla y con una diversidad tan baja que algunos grupos tienen un tamaño efectivo de población de apenas 2 a 34 individuos. En otras palabras, sus genes se están empobreciendo y eso los hace vulnerables a enfermedades, cambios ambientales y problemas de reproducción.

Para entender la salud genética del caimán aguja, los investigadores no solo observaron a los animales en campo, sino que además recolectaron pequeños fragmentos de tejido de la cola de las principales poblaciones silvestres de la región Caribe, entre ellas: Acandí, en el Chocó; el alto Río Sinú, en el Parque Nacional Natural (PNN) Paramillo; la Vía Parque Isla de Salamanca, en la desembocadura del río Magdalena; la Ciénaga Grande de Santa Marta; el PNN Tayrona; el Santuario de Fauna y Flora Flamencos, en La Guajira; y el río Sardinata en la región del Catatumbo. También en distintos ríos que desembocan en el Magdalena, entre ellos el Cabrera, en el Huila; el Bogotá, a la altura de Girardot; y el Negro, en el Magdalena Medio; además de los ejemplares del zoocriadero.

En total reunieron 100 individuos, cuyos tejidos fueron preservados en alcohol al 96% para conservar intacta la información genética. Ya en el laboratorio, ese material se convirtió en códigos de barras invisibles: fragmentos de ADN llamados microsatélites, que funcionan como palabras en el idioma secreto de la vida. Al comparar esas “palabras” entre distintos ejemplares fue posible saber qué tan emparentados estaban, si provenían de la misma familia o si pertenecían a linajes completamente distintos. Fue como armar un álbum con cada marcador genético que revelaba si una población tenía cromos repetidos o si aún guardaba piezas únicas y valiosas.

El análisis reveló un panorama preocupante en el que muchas poblaciones mostraban muy poca diversidad, lo que significa que su potencial genético es reducido. En aquellas poblaciones con pocos individuos es como si la herencia de toda una región dependiera de unos cuantos.

Las diferencias entre los caimanes en vida salvaje y los que están en cautiverio muestran la pérdida de diversidad genética. Foto: Carlos Felipe Hernández González, magíster en Biología de la UNAL.Las diferencias entre los caimanes en vida salvaje y los que están en cautiverio muestran la pérdida de diversidad genética. Foto: Carlos Felipe Hernández González, magíster en Biología de la UNAL.

Además se descubrió que las conexiones entre poblaciones son mínimas, como si cada grupo viviera en su propia isla genética, sin intercambiar genes con los vecinos. Eso explica por qué, aunque todavía se ven caimanes en varios ríos y ciénagas, en el fondo esas poblaciones están frágiles y aisladas, sin la fuerza necesaria para enfrentar los retos del futuro.

En los caimanes criados en cautiverio en los zoocriaderos de Tolima se encontró que muchos de los animales provenían de dos poblaciones distintas: Magdalena Medio y Magdalena Alto. Esa mezcla sería un arma de doble filo: por un lado aporta algo de diversidad, pero por el otro genera el riesgo de perder la identidad genética de cada grupo silvestre si algún día se reintroducen sin cuidado.

Para enfrentar este dilema, el grupo del investigador Hernández desarrolló una herramienta que parece salida de un videojuego científico: un programa que combina la información genética de cada caimán y sugiere cuáles se deberían cruzar para evitar la endogamia (reproducción entre parientes) y mantener la mayor cantidad posible de genes únicos. Así se puede planear un futuro en el que los caimanes criados en granjas ayuden realmente a recuperar las poblaciones naturales, sin poner en riesgo su identidad.

Un problema histórico

En los años de la bonanza peletera, cuando las pieles de caimán se cotizaban en París o Berlín, barcos cargados de cuero salían de los puertos colombianos rumbo a Europa. Para abastecer esa demanda, empresas extranjeras contrataron pescadores y campesinos –convertidos en “caimaneros”– que podían cazar más de 100 animales en una sola noche. Era un negocio tan rentable como devastador. Las ciénagas quedaron en silencio, y el “gran río de los caimanes”, como llamaban los pueblos indígenas al Magdalena, fue perdiendo a sus guardianes de escamas.

El caimán aguja es determinante para abrir caminos entre los ríos del país. Foto: Brayan Pérez, Estudiante de Maestría en Ciencias Biología de la UNAL.El caimán aguja es determinante para abrir caminos entre los ríos del país. Foto: Brayan Pérez, Estudiante de Maestría en Ciencias Biología de la UNAL.

Con el paso del tiempo, el Estado intentó reaccionar: prohibió la caza, creó leyes y reguló los zoocriaderos. Sin embargo, muchas veces la norma se quedó en el papel. Algunas granjas fueron señaladas de adelantar prácticas ilegales como el “lavado de pieles”, es decir hacer pasar caimanes silvestres como si hubieran nacido en cautiverio. Eso no solo debilitaba la confianza internacional, sino que además frenaba los verdaderos esfuerzos de conservación. Fue entonces cuando la genética se convirtió en aliada, porque permite saber de dónde viene cada ejemplar, como si se tratara de una huella digital imposible de falsificar.

La investigación de la UNAL explica un concepto crucial para entender el problema: la deriva génica. Esta ocurre cuando una población –en este caso de caimanes– se reduce a muy pocos individuos, que resultan siendo como una baraja de cartas con apenas dos o tres naipes. Cada generación que nace solo tiene acceso a esas pocas cartas, y poco a poco se pierden otras variantes. Así funciona la deriva, los genes se “empobrecen” por azar, dejando a la especie con menos opciones para adaptarse a enfermedades o cambios en su ambiente.

Otro riesgo es la endogamia, que en palabras sencillas es “casarse entre primos”. Cuando los caimanes se reproducen con parientes muy cercanos, las probabilidades de que sus crías hereden problemas genéticos aumentan: nacen más débiles, menos fértiles o con menor capacidad de sobrevivir en la naturaleza. Por eso la herramienta desarrollada en esta tesis es tan valiosa, pues ayuda a planear cruces que mantengan la diversidad, como si se tratara de un árbol genealógico que garantiza que cada nuevo caimán tenga la mejor combinación posible de cartas genéticas.

Las conclusiones son claras: cada grupo de caimanes del país se debe tratar como una unidad de conservación distinta, con planes específicos, y cualquier intento de liberar ejemplares de zoocriaderos se debe hacer con sumo cuidado para no mezclar linajes que llevan siglos adaptándose a sus ríos y ciénagas particulares, y tener el riesgo de cruces endogámicos.

El caimán aguja es más que un depredador imponente. Como regulador de ecosistemas, ayuda a mantener el equilibrio de ríos, humedales y manglares. Si desaparece, la naturaleza colombiana no solo perdería un símbolo de su fauna, sino una pieza fundamental de su biodiversidad.

Carlos Felipe Hernández González, magíster en Biología de la UNAL.Carlos Felipe Hernández González, magíster en Biología de la UNAL.

“Este animal no solo conecta distintos cuerpos de agua por sus hábitos, pues le gusta hacer cuevas en sus ecosistemas, sino que además cumple un papel fundamental para regular las poblaciones de las que se alimenta. En los Llanos Orientales los indígenas Sikuani dicen que en los ríos en donde se extinguió el caimán llanero ya no hay pescado, pues ellos ayudaban a mantener saludables las poblaciones de peces y protegían zonas de los ríos que son primordiales para el ecosistema acuático”, asevera el experto.

Y hace un llamado para que haya una mayor rigurosidad en la protección y conservación de los caimanes aguja, pues el único censo nacional de cocodrilos se realizó en 1990, por lo que hay un vacío en el seguimiento y monitoreo de estas especies en el país.

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