En temporadas de lluvias fuertes se intensifican los deslizamientos superficiales de suelo o roca en la cuenca baja del río Suárez -que atraviesa municipios como Sogamoso, Vélez, Puente Nacional o La Paz entre Santander y Boyacá- que generan afectaciones en vías y centros urbanos. A pesar de esto persisten deficiencias en la integración de la gestión del riesgo dentro de los instrumentos de ordenamiento territorial, lo que lleva a cuestionar el uso y aprovechamiento de la información disponible sobre este fenómeno.
Iván Darío Camacho Puerto | Investigador en tierras, territorio y cambio climático de la Dirección de Investigación y Prospectiva del Instituto Geográfico Agustín Codazzi. Estudiante de la Maestría en Ciencias – Geología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL)share
El río Suárez nace en la laguna de Fúquene y baña 60 municipios entre Boyacá y Santander antes de desembocar en el río Sogamoso. Foto: Iván Darío Camacho Puerto.
La remoción en masa no es un fenómeno reciente ni exclusivo de la cuenca baja del río Suárez. Es un proceso geológico controlado por la gravedad y otros factores que influyen en que esto ocurra en lugares determinados sobre los que ya se tiene información. La cobertura del suelo, la geología superficial, la pendiente, los rasgos geomorfológicos y el inventario de eventos previos son elementos fundamentales para evaluar la susceptibilidad del territorio. Estos factores varían según la escala de análisis, el nivel de detalle y el enfoque metodológico empleado.
La pendiente es uno de los factores más determinantes porque controla la estabilidad del terreno y la capacidad de los materiales para movilizarse. Los rasgos geológicos y geomorfológicos también son fundamentales, ya que condicionan la resistencia de los materiales, la presencia de discontinuidades estructurales y la evolución del paisaje. De igual forma, la cobertura del suelo influye en la cohesión y protección del terreno, un aspecto que ha sido advertido en varias oportunidades por las comunidades. El inventario de eventos previos aporta evidencia histórica y patrones de ocurrencia que permiten identificar los tipos de remociones en masa más frecuentes.
El contexto geológico
En la cuenca del río Suárez predominan las rocas sedimentarias compuestas de sales, lodolitas con yeso (capas blandas poco resistentes a la acumulación de agua), cherts, calizas y arenitas, que aunque son más resistentes pierden estabilidad al estar mezcladas con capas blandas, en especial del periodo Cretácico.
En la cuenca, la formación más antigua es de la Formación Palermo del Triásico Superior Tardío, pasando por el periodo Jurásico Inferior y Superior, con una mayor diversidad en formaciones con edades del Cretácico y el Valanginiano al Maastrichtiano, es decir unidades del Cretácico Inferior o Superior, y depósitos cuaternarios producto de la erosión. En la mayoría de las formaciones del periodo Cretácico se presentan laderas estructurales o zonas de falla estructural, como áreas de mayor intervención humana que pueden propiciar o favorecer los movimientos en masa.
La cuenca presenta una temperatura media anual que varía con la altitud. En las zonas elevadas alcanza cerca de 15ºC, mientras que en las áreas bajas próximas al cauce llega a unos 23ºC. Este comportamiento térmico está condicionado por la altitud, los cambios de presión atmosférica, el efecto Foehn (aire caliente que asciende por la montaña y al enfriarse condensa la humedad produciendo nubes) y la circulación valle-montaña.
Hacia el oeste, formaciones orográficas como las montañas, los cerros y otras formas del relieve actúan como barreras que retienen la humedad generando altos índices de precipitación que afectan a los municipios cercanos. Las precipitaciones anuales oscilan entre 1.600 y 4.000mm. Según los escenarios de la Cuarta Comunicación de Cambio Climático, hacia 2040 la precipitación para la cuenca aumentaría cerca de un 10%, y hacia 2100 más del 20%, lo que implicaría una mayor carga sobre sus suelos en temporadas de lluvias y un incremento en la frecuencia de los procesos de remoción en masa.
Figura 1. De izq. a dcha., el mapa 1 muestra la precipitación multianuanual promedio mensual de la cuenca baja del río Suárez entre 1980 y 2024; el 2 muestra el escenario de precipitación SSP85 2040, y el 3 el escenario de precipitación SSP85 2100. Fuente: elaboración propia con datos del IDEAM.
El reto del monitoreo y la prospectiva de los fenómenos ambientales a dos escalas temporales
Para comprender las diferentes escalas temporales y las necesidades de una comunidad frente a los retos de la gestión del riesgo y la sustentabilidad ambiental, se pueden tomar como ejemplo dos casos recientes presentados en el municipio de Vélez (Santander): los movimientos en masa durante la temporada invernal y la protección del recurso hídrico frente a la minería de carbón. Desde una perspectiva sistémica, ambos casos permiten unir la gestión del riesgo con los conflictos ambientales.
Un tema recurrente en la gestión del riesgo es la calidad y la cantidad de datos disponibles para cada una de sus dimensiones. Ya sea en los reportes de deslizamientos o en la valoración de daños, gran parte de la información no se registra porque los eventos son pequeños o se consideran de baja relevancia. El reto es transformar estos datos, completos o incompletos, en conocimiento útil, y esto solo es posible si se trabaja desde y con las comunidades.
La cuenca del Medio y Bajo Suárez tiene mayor territorio en Santander, con el 66 % del área total. Foto: Iván Darío Camacho Puerto.
La democratización del dato debe ir más allá del acceso. Instrumentos como los planes de ordenamiento territorial (POT) y los planes de ordenamiento y manejo de cuencas hidrográficas (POMCA) deberían ser pilares de planeación y participación ciudadana, pero con frecuencia terminan usados solo para cumplir con requisitos normativos. Su importancia radica en que articulan actores comunitarios, técnicos y científicos, y permiten adoptar metodologías multidisciplinares que respondan a las necesidades reales del territorio, incluyendo riesgos naturales, cambio climático, economía y dinámica poblacional, con el fin de promover la sustentabilidad de las comunidades en el tiempo.
En la escala más inmediata, uno de los retos centrales de la gestión del riesgo es el monitoreo de la amenaza. Esto exige combinar monitoreo comunitario con monitoreo técnico. En el caso de remociones en masa de gran magnitud es posible emplear interferometría de radar, una herramienta eficaz para detectar y cuantificar deformaciones en la superficie terrestre y para hacer seguimiento continuo de laderas inestables con alta precisión espacial y temporal. La técnica compara imágenes de radar tomadas en diferentes fechas para identificar cambios en la fase del retorno de la señal, que se traducen en desplazamientos del terreno, como ocurrió en la vía transversal Carare (figura 2), en donde se registraron movimientos recientes. Sus ventajas incluyen la cobertura de áreas amplias, incluso remotas o de difícil acceso, y la identificación temprana de patrones de movimiento que pueden anticipar un incremento del riesgo.
Figura 2. Interferometría vía Vélez–Landázuri (Santander). Zona morada arriba y naranja abajo corresponde con el área Jordán Bajo, reportando el fenómeno de remoción en Masa. Fuente: elaborado por Javier León e Iván Camacho con la herramienta InSAR.
Aun así, este tipo de monitoreo no es suficiente. Es necesario reconocer la escala vivida por la comunidad. En coordinación con las entidades locales, la comunidad debe jugar un papel central en la identificación, la mitigación y el seguimiento del riesgo. Esto se relaciona con otro reclamo comunitario: la protección de las fuentes hídricas y el cierre de minas de carbón.
En la cuenca del río Suárez se ha evidenciado un aumento constante en los cambios de cobertura y uso del suelo, lo cual es un condicionante que agrava la ocurrencia de movimientos en masa por la pérdida de estabilidad en el terreno. También afecta las prioridades de la población respecto a la conservación de los bosques para proteger el agua. Con una mirada al futuro, la comunidad enfrenta problemas crecientes como el aumento de la precipitación o los posibles conflictos de orden público asociados con la minería, un fenómeno históricamente presente en el Magdalena Medio desde una cortina de conflicto e ilegalidad.
A partir de un enfoque sistémico, la intervención humana en la emisión de gases de efecto invernadero –en especial por combustibles fósiles– influye directamente en municipios como Vélez al aumentar la intensidad, duración y frecuencia de las precipitaciones, por ejemplo, lo que incrementa la erosión de laderas y la amenaza por remociones en masa. A su vez, la pérdida de cobertura vegetal reduce la capacidad de retención y regulación del caudal, favorece la erosión y altera el balance hidrológico, con mayor escorrentía superficial, menor recarga de acuíferos y un riesgo mayor de contaminación de fuentes hídricas. Este panorama llama a mejorar los planes de ordenamiento y de desarrollo con lineamientos sólidos de mitigación, estudios de amenaza más detallados y análisis geológicos que incorporen escenarios de cambio y variabilidad climáticos.
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