Ice floes are seen floating on the sea at the coastline of Nuuk, Greenland, on January 29, 2026. (Photo by Ina FASSBENDER / AFP)

El interés de Estados Unidos por Groenlandia, el avance del cambio climático en el Ártico y la competencia por recursos naturales son factores que revelan una paradoja internacional contemporánea: mientras el deshielo amenaza el planeta, las grandes potencias reactivan disputas territoriales y estratégicas en la región, convirtiendo así a Groenlandia en un laboratorio geopolítico del siglo XXI.

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Antonio José Rengifo Lozano | Profesor de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), integrante del grupo Frontera y Territorio de la UNALshare

Pequeñas comunidades costeras de Groenlandia habitan un territorio cada vez más estratégico por sus recursos naturales y por los efectos visibles del deshielo ártico. Foto: Ina Fassbender/AFP.Pequeñas comunidades costeras de Groenlandia habitan un territorio cada vez más estratégico por sus recursos naturales y por los efectos visibles del deshielo ártico. Foto: Ina Fassbender/AFP.

La isla de Groenlandia, en el Ártico, es una región de relevancia estratégica fundamental que se ha convertido en uno de los principales escenarios de tensiones geopolíticas contemporáneas: considerada como frontera de riesgos en donde se combinan amenazas militares y climáticas, reclamaciones de soberanía sobre los recursos naturales, competencias por influencia entre Rusia, China y Estados Unidos y controversias por la plataforma continental. Pocas regiones del mundo reúnen un conjunto tan amplio de factores para definir su futuro geopolítico, incluyendo un rol limitado pero creciente del pueblo Inuit en la escena internacional.

Para entender la importancia estratégica de Groenlandia es necesario observar primero el océano Ártico, espacio geográfico y político en el que se inscriben las disputas contemporáneas. Su nombre obedece a la constelación polar norte Arktos, que en griego significa “oso”. Con una superficie de algo más de 14 millones de km2, es el más pequeño de los océanos del planeta, extendiéndose al norte de Europa, Asia y América, circundado por Groenlandia y la isla de Spitsbergen y las partes septentrionales de Alaska, Canadá, Islandia, Noruega y Rusia, habitadas por humanos desde hace alrededor de 20.000 años.

La región del océano Ártico está marcada por una remilitarización intensa adelantada especialmente por Rusia, que concentra entre 30 y 40 bases militares y su Flota del Norte, la asociación estratégica más poderosa de la Armada de Rusia, establecida en 1937 para defender el Ártico y asegurar el acceso al océano Atlántico. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) intensifica la vigilancia y los ejercicios militares mientras aumentan los temores de una guerra híbrida, los riesgos de sabotaje y las incursiones aéreas, y los países nórdicos y Canadá refuerzan su capacidad defensiva y su infraestructura militar.

Recursos, clima y seguridad en el Ártico

Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, es la isla no continental más grande del mundo, con apenas 60.000 habitantes y algo más de 2.200.000km², el equivalente a casi el doble del territorio de Colombia. Conocida por su capa de hielo —que cubre entre el 80 y el 85% de su superficie—, su tundra y sus auroras boreales, extiende su influencia estratégica hasta el corazón del Ártico. De norte a sur se extiende por 2.600km, siendo su punto más septentrional el cabo Morris Jessup, situado a solo 710km del Polo Norte.

El litoral de Groenlandia, uno de los más extensos del mundo, alcanza casi 40.000km y cuenta con una amplia Zona Económica Exclusiva que se proyecta dentro del océano Ártico, objeto de reivindicaciones territoriales y de expectativas de explotación de recursos energéticos y marítimos. Se estima que en la región existen reservas potenciales de petróleo y gas aún difíciles de explotar por las condiciones climáticas y tecnológicas, así como minerales estratégicos y tierras raras como neodimio, disprosio y praseodimio, fundamentales para tecnologías digitales, baterías, turbinas eólicas y sistemas de defensa. La Isla también dispone de potencial para energía hidroeléctrica y eólica, además de minerales tradicionales como oro, plomo, hierro, zinc y platino.

Los recursos energéticos y las tierras raras del Ártico convierten a Groenlandia en un territorio estratégico para la transición energética y la industria tecnológica. Foto: archivo Unimedios.Los recursos energéticos y las tierras raras del Ártico convierten a Groenlandia en un territorio estratégico para la transición energética y la industria tecnológica. Foto: archivo Unimedios.

El aumento de las temperaturas en los polos, efecto directo del calentamiento global, contribuye al derretimiento acelerado de los glaciares tanto en superficie como en profundidad. En Groenlandia el calentamiento se ha multiplicado por siete desde la década de 1990, con la pérdida de cientos de gigatoneladas de hielo cada año y un impacto directo en el aumento del nivel del mar. Este proceso ha abierto nuevas rutas marítimas en el Ártico —como el Paso del Noreste y el Paso del Noroeste— que reducen las distancias comerciales entre Asia, Europa y América, al tiempo que facilitan el acceso a recursos energéticos antes inasequibles.

El deshielo también ha reactivado disputas por la plataforma continental del Ártico, especialmente entre Dinamarca, Rusia y Canadá, así como debates sobre soberanía, navegación y explotación de recursos naturales en aguas antes cubiertas por hielo permanente.

Entre autonomía y soberanía europea

Por razones estratégicas y rivalidades por recursos naturales Groenlandia ha despertado interés entre los países europeos, principalmente Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia, así como entre actores del Atlántico Norte como Canadá y Estados Unidos. Desde el siglo XV Noruega y Dinamarca reclamaron soberanía sobre Groenlandia, pero fue solo a comienzos del siglo XVIII cuando comenzó la colonización danesa, con la llegada de Hans Egede, misionero luterano noruego y fundador de Nuuk, la capital.

En 1953 Dinamarca adoptó una nueva Constitución que definió el sistema político del país como una monarquía constitucional e integró formalmente a Groenlandia al Estado danés, proceso conocido como “danificación-asimilación”, interpretado por diversos análisis históricos como una prolongación de prácticas coloniales y de dominación cultural sobre la Isla , aunque con efectos jurídicos relevantes en materia de derechos.

En 2009 entró en vigor la Ley de Autogobierno de Groenlandia, aprobada por el Estado danés, que reconoce al pueblo groenlandés —con predominio de la población Inuit— como pueblo con derecho a la autodeterminación conforme al derecho internacional, con la finalidad de promover la igualdad y el respeto mutuo en la relación entre ambos entes territoriales. Aunque en el Parlamento danés tienen curules dos representantes groenlandeses, el Estado danés conserva el control sobre la Constitución, la política exterior, la defensa y la seguridad, lo que mantiene un equilibrio institucional todavía frágil entre autonomía y soberanía.

El Gobierno danés ha rechazado tajantemente las pretensiones recientes de Estados Unidos sobre la Isla , declarando que Groenlandia no está en venta. A ese respecto, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha declarado que el orden mundial, tal como lo hemos conocido, ha terminado. Las pretensiones de Estados Unidos sobre Groenlandia no estarán exentas de resistencias.

Washington mira hacia Groenlandia

Históricamente Estados Unidos ha tenido puestos sus intereses y ojos vigilantes sobre Groenlandia, especialmente desde la enunciación de la Doctrina Monroe en 1823, que el presidente Donald Trump ha renombrado como “Doctrina Donroe”, juego de palabras para designar la misma doctrina de hace ya más de un siglo, pero extendida o “actualizada”.

Desde entonces varias ofertas de “compra” de la Isla han sido presentadas por administraciones estadounidenses con el argumento de que la Isla es vital para los intereses y la defensa del territorio del país, entre ellas las propuestas de 1867, 1910 y la formulada después de la Segunda Guerra Mundial. En el siglo XXI las dos administraciones de Donald Trump han hecho explícitas sus intenciones de comprar o tomar la Isla , incluso por la fuerza.

Durante la Segunda Guerra Mundial, y posteriormente durante la Guerra Fría, la posición geográfica de Groenlandia entre Europa y la parte septentrional del continente americano llevó a que Estados Unidos utilizara la Isla como plataforma y brazo extendido para salvaguardar su seguridad territorial y definir su política exterior para la región. En las relaciones entre Estados Unidos y Dinamarca, Groenlandia —bajo las competencias militares de la OTAN— sigue siendo estratégica, especialmente por la Base Aérea John Thule, renombrada en 2023 como Base Espacial Pituffik, instalación fundamental para la defensa misilística y el monitoreo espacial.

En mayo de 2008 los Estados costeros del océano Ártico —Canadá, Dinamarca, Noruega, la Federación Rusa y Estados Unidos— adoptaron la Declaración de Ilulissat, en la cual constatan que dicho océano se encuentra en el umbral de cambios significativos debido al cambio climático y al derretimiento glaciar, con impactos tanto sobre los ecosistemas vulnerables como sobre el sustento de los habitantes y la potencial explotación de recursos naturales.

El deshielo de la capa glaciar de Groenlandia es uno de los principales factores del aumento del nivel del mar en el planeta. Foto: Julián Prato Valderrama, doctor en Biología Marina de la UNAL.El deshielo de la capa glaciar de Groenlandia es uno de los principales factores del aumento del nivel del mar en el planeta. Foto: Julián Prato Valderrama, doctor en Biología Marina de la UNAL.

Los llamados “cinco árticos” se comprometieron a fortalecer los vínculos de cooperación basados en la confianza mutua, la transparencia y el intercambio de información científica, especialmente respecto de la plataforma continental de Groenlandia.

Sin embargo, en julio de 2022 el Consejo Circumpolar Inuit adoptó una declaración de los Inuit de Groenlandia, Canadá, Alaska y Chukotka en la cual reconocen la interrelación entre los derechos humanos y los derechos del pueblo Inuit a participar en los procesos que los afectan, celebrando también su reconocimiento como observadores en organizaciones internacionales como la Organización Marítima Internacional y la Organización Internacional del Trabajo.

De esa forma, el pueblo Inuit reaccionaba a la exclusión de la que fue objeto en la Declaración de Ilulissat de 2008 y rechazaba cualquier intento de decidir el destino del Ártico sin la participación de los pueblos indígenas de la región.

En conclusión, la codiciada isla de Groenlandia, después de siglos de influencias europeas, parece experimentar un giro geopolítico hacia el continente americano y hacia la dominación directa de Estados Unidos, al menos como aspiración explícita de la administración Trump. Tal parece que el futuro geopolítico del mundo se jugará en áreas o esferas de influencia, mientras el problema del cambio climático no ocupa una prioridad real para las grandes potencias más allá de enunciados diplomáticos.

Y, sin embargo, estudios científicos dan cuenta de los desastrosos efectos del derretimiento de los glaciares de la enorme isla, con un aumento considerable del nivel global de los mares, una amenaza planetaria con implicaciones para toda la humanidad y para el sistema internacional de derechos. Los romanos del Imperio, que reinventaron el derecho y sus instituciones, llamaron ius gentium, derecho de la gente o derecho de los pueblos, a la disciplina que ejerció influencia en los cuatro puntos cardinales del planeta y que a partir del siglo XVIII se daría en llamar derecho internacional.

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