Lionel Messi publicó un emotivo mensaje en el que explicó parte de su historia con su padre, quien falleció hace unos días. El argentino describió parte de sus sensaciones durante la Copa Mundial 2026.
Todo el mundo creía que, en la Copa Mundial 2026, Lionel Messi se enfrentaba al tiempo. Y le ganaba. Pero, después de la publicación de una emotiva carta en la que se despidió públicamente de su padre, fallecido luego de una larga enfermedad, el retrato tomó otra forma. El número 10 de la Selección argentina no solamente soñaba con llegar a la final: quería darle tiempo a su papá para recuperarse y aparecer, al menos, en el último partido, más de 45 días después de iniciada la aventura en Norteamérica. Terminó siendo una carrera desesperada por cumplirle uno de sus últimos deseos.
Messi tuvo que convivir con la certeza de que cada partido podía ser el último de su historia con la camiseta de su país y uno de los últimos que su papá podía ver con vida. Un deseo secreto de ganarle tiempo a la muerte.
Después de marcarle tres goles a Argelia en el debut de la Selección argentina, un periodista le preguntó por qué había llorado, un gesto de emoción no tan habitual en su carrera. «Es por una cuestión totalmente ajena a lo deportivo, pasé unos días difíciles, complicados. Agradecido a toda la delegación y a mis compañeros porque estuvieron siempre al lado mío dándome mucha fuerza para que esté bien», explicó.
A los 39 años, en su sexta Copa Mundial y en medio de una catarata de goles que parecía imposible de detener, Messi lloraba por su papá.
“Tanto me pedías que juegue el último Mundial y días antes de empezar fue cuando peor te pusiste. Era la primera vez que no ibas a estar en un torneo, pero mamá me decía que ibas a estar mejor y que ibas a estar bien para poder viajar. Yo te decía que íbamos a llegar a la final, así podías viajar”, escribió Messi.
Y agregó: «Cada vez que terminaba un partido, esperaba y extrañaba tu mensaje. Ahí me di cuenta de que la situación era fea de verdad. Así y todo, no dejaba de pensar en llegar lo más lejos posible, para darte tiempo y que vieras un partido. Llegamos a la final y no pudiste estar. Quería ganarla para llevártela y mostrarte una nueva. No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien».
Cuando jugaba en las inferiores de Newell’s Old Boys, Jorge era el tipo de padre que miraba desde atrás del alambrado sin llamar demasiado la atención. No gritaba, no insultaba a los árbitros, no amedrentaba a los rivales. Pero su presencia era el motor de su hijo, que, después del partido, esperaba algún comentario. Casi nunca elogios, casi siempre la vara alta. La exigencia permanente. «Siempre necesité la aprobación de mi viejo», confesó Messi en una nota reciente.
Con el paso del tiempo, el papá se volvió más que esa figura. El primero que apostó por él. Durante la adolescencia de Messi, cuando su club no le garantizaba una ayuda con su tratamiento de crecimiento, agarró las valijas, dejó parte de su familia y acompañó a su hijo en un sueño que, más allá de su enorme talento, era incierto.
«Mi viejo estuvo siempre al lado mío. Vivimos muchas cosas feas. Por ahí yo me encerraba a llorar solo en la pieza, o él, sin que lo viera. Hacíamos que estábamos bien los dos, pero estábamos mal», recordó Messi hace algunos años. «Él me preguntó ‘qué querés hacer, ¿querés seguir o nos volvemos?’ Yo quise seguir y él se quedó conmigo».
Luego, fue su representante, el hombre de las negociaciones, el más fiel de todos. «Estoy orgulloso de mi hijo», declaró poco después de la famosa final de la CONMEBOL Copa América en la que Messi decide darle un fugaz adiós a la Selección después de perder con Chile. Un momento en el que muchos argentinos le reclamaban que con su país no jugaba como con el Barcelona.
En Argentina -en el mundo- los primeros goles de los chicos se festejan con los papás, los primeros fanáticos de una carrera que -en ese momento- no tiene ninguna certeza. En una cancha de baby, en un potrero, en un torneo de AFA. Los padres soportan el frío, el calor, llevan comida en una canasta para después del partido y aguantan las horas con algún mate no tan caliente. Ahí se genera un vínculo más sagrado que con la pelota misma.
En 1986, poco después de ganarle a Alemania en la final, Diego Maradona se cruzó con su mamá, Doña Tota, en un programa radial. El número 10, que acababa de tocar el cielo con las manos, le confesó: «Yo juego para vos, mamá».
Carlos Tevez, uno de los grandes últimos ídolos de la historia de Boca Juniors, confesó que después de la muerte de su padre no quiso más. «Había perdido a mi fan número 1, no quería jugar más».
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Circuló en las redes sociales una frase de Leonardo Favio, uno de los artistas más grandes de la historia argentina: «La obra es a partir de querer deslumbrar a tu mamá, a tu papá. Cuando perdiste esa potencia, la obra es nada más que el oficio. Yo ya no quiero deslumbrar a nadie».
«No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir. Yo solo jugaba al fútbol y ahora tengo bastantes dudas de que vaya a seguir haciéndolo mucho tiempo más», escribió Messi en su carta.
El Mundial que el mundo veía era uno, el que jugaba Messi era otro. Todo lo emotivo, lo dramático, lo al borde de las lágrimas, se entendió un poco más. Jugó con el dolor de un papá que ni siquiera le podía escribir mensajes después de los partidos. Justo en el momento en el que se volvió más unánime que nunca, él deseaba un ligero elogio de su viejo. El que más creyó cuando era Leo, el que más lo entendió cuando fue Messi.
El mismo día de la publicación de la carta, Messi volvió a una cancha de fútbol. Participó de la caída de Inter Miami ante León, por la Leagues Cup. Ingresó en el entretiempo casi como un intento de abrazarse una vez más a la pelota, esa compañía que lo unía tanto con Jorge. Como si una gambeta pudiera conectarlo, como si algún gol pudiera hacerlo sentir como siempre quiso: el hijo que jugaba -juega- para su papá.
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