© Sébastien Devrient Vista desde arriba, la forma redondeada del casco de la estación polar Tara está diseñada para soportar la presión del hielo marino circundante, lo que permite que la embarcación permanezca atrapada y a la deriva con las corrientes árticas.

Por Laura Quiñones

Cambio climático y medioambiente

Atrapados voluntariamente en el hielo del Ártico, un grupo de científicos observa cómo se transforma una de las regiones más frágiles del planeta. Mientras el hielo retrocede y los petroleros ganan terreno, sus hallazgos llegan hasta el Secretario General de la ONU, en una conversación sobre los riesgos climáticos y la creciente batalla por defender la ciencia.

En algún lugar del océano Ártico, envueltos en la oscuridad de la noche polar, doce personas y un perro llamado Örkki viajan a la deriva sobre el mar helado. Ninguno puede elegir el rumbo.

Su hogar durante los próximos meses es Tara Polar Station, un buque científico francés de 26 metros de eslora que partió de Noruega en agosto con un propósito bastante insólito: dejarse atrapar por el hielo.

Ahora, inmovilizado sobre una enorme placa flotante, con más de 2500 metros de agua bajo el casco, el barco avanza a merced de los vientos y las corrientes. No hay un destino al que dirigirse ni un timón capaz de cambiar el rumbo. Tampoco hay amaneceres que permitan distinguir un día de otro.

La tripulación participa en Tara Polaris I, la primera de diez expediciones previstas en un ambicioso programa internacional que estudiará durante 20 años la transformación del océano Ártico. Y lo que sus científicos están descubriendo ya ha despertado el interés del Secretario General de la ONU, António Guterres.

A pocos días de la cumbre climática COP31, Guterres conversó por videoconferencia con Maxime Geoffroy, el científico jefe de la expedición. Quería saber qué mensaje debía transmitir a los líderes mundiales sobre una región que se calienta entre tres y cuatro veces más rápido que el resto del planeta.

«Creo que, lamentablemente, los dirigentes políticos del mundo todavía no son plenamente conscientes de la gravedad de la situación», reconoció el Secretario General.

La respuesta de Geoffroy fue tan sencilla como contundente: «Lo que ocurre en el Ártico no se queda en el Ártico».

Los cambios que se producen en este remoto rincón del planeta pueden alterar los océanos, el clima y la biodiversidad a miles de kilómetros de distancia.

Primer plano de un perro de trineo blanco y negro con pelaje espeso que mira hacia la cámara en un paisaje nevado, con una correa visible a su lado.
© Sébastien Devrient Örkki, el compañero de cuatro patas de la expedición, vigila la presencia de osos polares mientras los científicos navegan a la deriva por el Océano Ártico a bordo de la Estación Polar Tara.

Un mundo que desaparece

La aventura de Tara Polar Station tiene un precedente histórico. En 1893, el explorador noruego Fridtjof Nansen dejó que su barco quedara atrapado en el hielo ártico, convencido de que las corrientes podrían arrastrarlo a través del océano.

Más de 130 años después, Geoffroy y sus compañeros han repetido la experiencia, aunque se han encontrado con un Ártico muy diferente: el hielo que detuvo a Nansen ya no está donde estaba.

La expedición pasó tres semanas navegando frente a la costa septentrional de Rusia antes de adentrarse en la banquisa, la gran extensión de hielo marino, en busca de una placa lo suficientemente sólida para instalar su laboratorio flotante.

«Llegamos a los 82 grados de latitud norte atravesando canales de agua abierta», relató Geoffroy, refiriéndose a los pasillos que se forman entre las placas de hielo.

En tiempos de Nansen, el barco quedó atrapado varios cientos de kilómetros más al sur. Esta vez, los espacios libres de hielo permitieron a los investigadores avanzar mucho más hacia el Polo Norte.

Pero la pérdida de hielo no es el único fenómeno que preocupa a los científicos.

Un pequeño buque de investigación de color naranja y blanco permanece inmerso en un vasto mar helado bajo un cielo nublado, con dos figuras distantes sobre la superficie cubierta de nieve.
© Sébastien Devrient La estación polar de Tara permanece congelada en el hielo marino del Ártico, a la deriva con las corrientes, mientras los científicos estudian el entorno polar que cambia rápidamente.

El espejo del planeta se derrite

Durante la conversación, Guterres compartió uno de sus mayores temores.

«Una de las cosas que más me ha asustado es pensar que, dentro de algunos años, el Ártico podría quedarse sin hielo durante el verano».

No se trata únicamente de la desaparición de un paisaje. El hielo marino del Ártico ayuda a mantener el equilibrio térmico de todo el planeta.

«Esta enorme capa de hielo sobre la que estamos a la deriva, cuando regresa el sol, funciona como un espejo», explicó Geoffroy.

Su superficie blanca refleja buena parte de la radiación solar hacia el espacio. El problema llega cuando se derrite: el océano oscuro que queda al descubierto absorbe el calor, aumenta la temperatura del agua y favorece que se pierda todavía más hielo.

Es un círculo vicioso que no termina en el Polo Norte.

Las grandes corrientes oceánicas distribuyen el calor por el planeta e influyen tanto en los ecosistemas marinos como en el clima de regiones muy alejadas del Ártico. La transformación de estas aguas podría alterar ese delicado sistema, aunque todavía es difícil anticipar hasta dónde llegarían sus efectos.

«Tenemos modelos, pero no sabemos cuándo, cómo ni cuáles serán exactamente las consecuencias», admitió el científico.

Buena parte del océano Ártico central sigue siendo prácticamente desconocida. Por eso son tan valiosas las mediciones que realiza el equipo: sus datos permitirán mejorar los modelos climáticos y comprender mejor los cambios que se avecinan.

Un investigador con un traje polar naranja extrae una muestra del suelo junto a una tienda de campaña roja, un trineo amarillo para transportar equipos y una moto de nieve, sobre una superficie plana y congelada del océano.
© Sébastien Devrient Un miembro de la expedición de la Estación Polar Tara perfora el hielo marino del Ártico para recoger muestras, lo que ayuda a los científicos a comprender cómo está cambiando esta región que se calienta rápidamente.

¿Pudo comenzar la vida en el hielo?

No todas las preguntas que los investigadores esperan responder tienen que ver con el calentamiento global. Algunas se remontan a uno de los grandes enigmas de la ciencia: cómo surgió la vida en la Tierra.

¿Pudo tener su origen en el hielo marino?

Geoffroy habló de organismos capaces de sobrevivir al frío extremo gracias a unas proteínas que actúan como anticongelantes. Su existencia alimenta una hipótesis fascinante: que los ambientes helados pudieron desempeñar algún papel en los primeros pasos de la vida.

Otros científicos buscan respuestas a una pregunta mucho más inmediata: ¿cuántos peces hay en el océano Ártico central?

La apertura progresiva de estas aguas despierta el interés comercial, pero todavía se sabe muy poco sobre sus poblaciones de peces y sobre la posibilidad de explotarlas sin dañar unos ecosistemas especialmente vulnerables.

«Para entender la pérdida de biodiversidad y saber cómo protegerla, primero tenemos que saber qué hay allí», señaló Geoffroy.

El programa reúne a 80 científicos y contempla unos 220 protocolos de investigación que abarcan desde la respuesta de los organismos marinos al calentamiento hasta la capacidad del océano para almacenar carbono.

Guterres, que lleva años defendiendo la protección de los océanos, sonrió cuando Geoffroy describió aquella colaboración entre investigadores de distintos países como una «pequeña ONU de la ciencia del Ártico».

Y es que, mientras unos intentan descubrir qué está desapareciendo, otros ya se preparan para aprovechar las oportunidades que deja el deshielo.

Un buque de la estación polar Tara, de color plateado y naranja, navega por aguas abiertas del Ártico, con un buque de investigación CHINARE de color rojo al fondo, bajo un cielo nublado.
© Sébastien Devrient El rompehielos chino Xue Long 2 ayudó a Tara Polar Station a abrirse paso entre el hielo del Ártico durante unas 24 horas, lo que permitió a los científicos alcanzar los 82 grados de latitud norte antes de dejar que su embarcación quedara inmovilizada deliberadamente en el hielo.

Los petroleros llegan al Ártico

Durante el viaje hacia el norte, la tripulación fue testigo de otro cambio que salta a la vista: el tránsito de petroleros por el Paso del Nordeste, la ruta marítima que bordea la costa ártica de Rusia.

A medida que el hielo retrocede, navegar por estas aguas resulta más fácil. También crece el peligro de accidentes y contaminación en una región donde cualquier emergencia resulta extraordinariamente difícil de atender.

«Puedo asegurarle que vimos muchos petroleros atravesando esa ruta», contó Geoffroy a Guterres. «No estamos hablando de una predicción. Ya está ocurriendo».

Un vertido de petróleo en el Ártico podría tener consecuencias devastadoras. El crudo puede permanecer atrapado en el hielo durante largos periodos, poner en peligro la vida marina y hacer que las labores de limpieza sean especialmente complejas.

Pero los intereses económicos son solo una parte de la creciente disputa por esta región.

Guterres también se refirió a las tensiones en torno a Groenlandia y a la importancia estratégica que está adquiriendo el Ártico. Le preocupa que la competencia entre países y la creciente militarización del debate puedan convertirse en una amenaza más para un entorno ya de por sí vulnerable.

Frente a ese panorama, Geoffroy planteó otra posibilidad. Su expedición reúne a investigadores de doce países. ¿Puede la colaboración científica ayudar a superar las divisiones geopolíticas?

«Creo que esa es una de las grandes batallas que libramos hoy: la batalla por la verdad y la batalla por la ciencia», respondió Guterres.

El Secretario General denunció que poderosos intereses económicos, especialmente los vinculados a los combustibles fósiles, siguen intentando desacreditar las pruebas científicas y restarles peso en el debate público.

Geoffroy señaló que las estrategias también están cambiando. Ya no se trata solamente de negar el calentamiento global, sino de retrasar las medidas necesarias para combatirlo o de guardar silencio sobre los compromisos ambientales, una práctica conocida como greenhushing.

Después de décadas de advertencias de la comunidad científica, lamentó que la lucha contra el cambio climático siga perdiendo protagonismo en las agendas políticas.

Doce tripulantes vestidos con trajes de expedición rojos posan sobre el hielo marino frente al rompehielos Tara Polar Station, de color naranja y gris.
© Sébastien Devrient La tripulación de invierno de la estación polar Tara se enfrenta a meses de aislamiento durante la noche polar ártica, con un médico a bordo y un perro llamado Örkki que ayuda a vigilar la presencia de osos polares.

De la urgencia a la indignación

Antes de despedirse, Guterres pidió a Geoffroy que imaginara tener delante a los líderes mundiales que se reunirán en Antalya, Türkiye, para la COP31.

¿Qué les diría?

El científico no dudó: «Los resultados de estas investigaciones deben inspirar confianza, deben orientar las decisiones y deben recibir apoyo», afirmó Geoffroy.

Para el Secretario General, aquella petición tenía también una dimensión personal. Recordó sus viajes a la Antártida y al Himalaya, donde había podido observar con sus propios ojos el retroceso de los glaciares.

Ver las consecuencias del calentamiento global y comprobar que algunos dirigentes siguen sin actuar le ha provocado algo más que preocupación.

«Todo esto ha despertado en mí un sentimiento de urgencia y, para ser sincero, también de furia», confesó.

«Es una batalla existencial».

Mientras tanto, en el Ártico, los científicos continuarán su lento viaje a través de la noche polar. Seguirán midiendo el hielo, estudiando el océano y recogiendo información de una región que cambia ante sus ojos.

El perrito Örkki permanecerá atento a los osos polares. A miles de kilómetros de allí, en Antalya, los líderes mundiales debatirán qué hacer frente a una crisis cuyas consecuencias ya están documentando los investigadores.

Y aunque los científicos de Tara Polar Station no pueden decidir hacia dónde los arrastra el hielo, el futuro que intentan comprender todavía está en nuestras manos.

news.un.org

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