El oro condenó a las comunidades indígenas hace más de 500 años. Pero la historia no ha terminado: la extracción a cielo abierto de este metal precioso sigue promoviendo la destrucción de la naturaleza y el despojo de las más de 5 mil comunidades indígenas alrededor del mundo.

 

Mineras de diversos países se disputan el territorio de América Latina en busca de oro, destruyendo con máquinas la biodiversidad, infectando con químicos el medio ambiente, y arrebatando sus tierras a los habitantes originarios. Y por si esto fuera poco, se llevan todas las ganancias a otros países.

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La extracción de oro y otros minerales preciosos se ha vuelto más importante que cualquier cosa. Más importante que la vida misma. Y esto en México está pasando, ahora mismo, sobre más de un millón de hectáreas que ya han sido concesionadas, junto a otro centenar de concesiones contra las cuales los indígenas se están amparando legalmente.

Pero también luchan desde otras trincheras, y desde ahí enseñan a quien quiera aprender. Luchan mediante la palabra y una visión cosmogónica de arrobadora potencia. Y un principio rige sus vidas: el ser uno con la naturaleza.

Por eso, una mujer indígena dice:

El agua es mi vida, mi sangre, todo. Por eso la defiendo. Si me quitan el agua, si me quitan la tierra: me muero. Me quitan la vida

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Ella lo sabe porque lleva la tierra en la piel, como todos los de su comunidad; porque ella es el territorio, y el territorio es ella. No existe disociación entre naturaleza y cuerpo.

Así hablan y así piensan los habitantes de la Montaña de Guerrero, en México: una región con 19 municipios indígenas, cuya condena es el oro que subyace en la tierra. En el pueblo tlapaneca de San Miguel del Progreso, llamado en lengua me’phaa Júba Wajiín, vive aquella mujer, llamada Herlinda Solano Santiaguez. Ella dice:

Somos hijos de la madre tierra. Hay que cuidarla y respetarla.

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Los recursos naturales, en la concepción cósmica de este pueblo y de los indígenas en general, son mucho más importantes que el oro. Por eso han resistido más de ocho años a los intentos de las mineras por invadir su territorio y extraer de él la vida, como reportó el medio Sin Embargo.

Recurriendo a un saber ancestral, Herlinda y los habitantes de San Miguel del Progreso nos transmiten una noción presente en todos los pueblos indígenas del mundo, y que nosotros no conocemos: la de ser uno con la naturaleza. La de mantener el vínculo sagrado que realmente nos une, de manera cósmica, con el uno y el todo.

No podemos conocer ese vínculo porque no lo experimentamos. Nosotros, contrario a los indígenas, podemos “prescindir” de la tierra, porque tenemos un trabajo y una tienda cercana en la cual abastecernos –o en otras palabras, un estilo de vida completamente insustentable. Pero esto no podrá seguir siendo así por mucho: tenemos que regresar a la naturaleza para sobrevivir, y reaprender a relacionarnos con ella.

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Por eso, esa inspiración que buscamos para elevar la conciencia contemporánea –y volvernos más resilientes– está en las comunidades indígenas. En su cosmovisión, en su buen vivir y en el ejemplo de firmeza de cientos de comunidades indígenas que luchan, por ejemplo, contra la contaminación plástica.

Si no fuera por los indígenas, quizá ya no tendríamos mundo: ellos son los guardianes de la biodiversidad. Pero nos toca aligerar un poco su carga, y comenzar a hacernos responsables de lo que, directamente o indirectamente, hemos provocado.

Eso empieza por comprender que el agua y la tierra son más valiosas que todo el oro del mundo.

 

ecoosfera.com