Madrid, (EFEverde).- América Latina es el escenario de la trigésima Conferencia de las Partes (COP30), que tendrá lugar en Belém, Brasil. Los expertos de distintos sectores de la región analizan los desafíos y expectativas clave: la fragmentación política, priorizar la adaptación al cambio climático, avanzar hacia una transición energética justa, asegurar un financiamiento efectivo y proteger la Amazonía.
Este año, la COP tiene como destino a un país y a una ciudad de la Amazonía: el pulmón verde del planeta, que enfrenta una serie de amenazas para su conservación.
Para la exministra de ambiente de Colombia y politóloga, Susana Muhamad, un evento de esta envergadura en el territorio debería significar, por lo menos, que se propusiera cerrar la frontera extractivista. Sin embargo, se dan casos como el de Brasil, que a pocas pocas semanas de la COP aprueba la exploración de petróleo.
Muhamad cuestiona que esto se da “cuando al mismo tiempo se necesita restaurar la Amazonía y recuperarla para el equilibrio climático de la humanidad”.
Entre 1985 y 2023, más de 88 millones de hectáreas de bosque de la Amazonía fueron eliminadas, según datos de Mapbiomas Amazonía
Líderes políticos
La figura del presidente brasileño, Inácio Lula da Silva, despierta grandes expectativas. María Inés Rivadeneira, gerente de Políticas y Gobernanza de WWF Ecuador, señala que la sociedad civil y el Sur global esperan que Lula promueva una representación colaborativa de sus necesidades y visiones. Esto, a su vez, genera presión en su política interna.
A nivel general, Rivadeneira describe un contexto político adverso, caracterizado por un número creciente de líderes con visiones que no favorecen a la protección del medio ambiente.
Una región fragmentada
El periodista Fermin Koop, editor adjunto para América Latina en Dialogue Earth y mentor en las COPs para Earth Journalism Network, recuerda que a diferencia de otras conferencias ambientales, la región no negocia como un bloque unificado en las COPs.
Algunos de los bloques son: la Asociación Independiente de América Latina y el Caribe (AILAC), integrada por Paraguay, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Panamá, Perú y Honduras; la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), conformada por Venezuela, Cuba, Nicaragua y países del Caribe —actualmente Bolivia está suspendida—; el G77 + China, que agrupa a países en desarrollo y al gigante asiático; el Grupo Sur, integrado por Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay y Uruguay; y la Alianza de Pequeños Estados Insulares (AOSIS), que reúne a países del Caribe.
A pesar de esta fragmentación, que podría restar peso, Koop subraya que se ha logrado desarrollar liderazgos significativos y contribuciones importantes en los procesos de negociación sobre el cambio climático.
“América Latina tuvo figuras individuales importantes y tiene, como el presidente de la COP 20, Manuel Pulgar Vidal; la presidenta de la COP de Cancún, Patricia Espinosa y una de las denominadas arquitectas del Acuerdo de París, Christiana Figueres. Y al mismo tiempo, también a nivel bloque, la región ha tenido contribuciones significativas, como por ejemplo el papel de AILAC en la creación del Acuerdo de París”.
Destaca además el acercamiento a partir de la conferencia de ministros de ambiente en México, en la que se logró consensuar un documento con posiciones comunes. “Hay líneas de acuerdo en posicionar temas como adaptación, financiamiento, abrir la puerta a una transición energética justa; es decir, se pudieron encontrar ciertas líneas de acuerdo, y eso es un buen antecedente para llegar a la COP”, considera.
Acciones dispersas. Muhamad describe, además de la fragmentación dentro de la COP, otras dificultades de América Latina para coordinar acciones globales.
El Acuerdo de París pretendía ser un marco global para enfrentar la crisis climática, pero, según la politóloga, tiene la “trampa” de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDCs), con lo que cada país actúa según sus propias capacidades, sin un verdadero sistema internacional de cooperación que cambie las reglas del juego y permita una acción común a la escala necesaria.
Aunque reconoce que deben considerarse las diferencias entre países y pueblos bajo principios de justicia social y económica, advierte que ese acuerdo no se logró y hoy predomina una dispersión de acciones que no conducen eficazmente a enfrentar la crisis climática.
En ese contexto, lamenta que Latinoamérica, también políticamente dividida, no haya podido impulsar iniciativas regionales con impacto global. Por ejemplo, la transformación de los sistemas de residuos para cerrar rellenos sanitarios con inclusión social—, lo que para Muhamad sería una agenda provechosa que bajaría las emisiones de metano y tendría una contribución global impresionante.
Sin embargo, afirma que no existe la capacidad, la estructura y la sinergia política.
“Si América Latina trabajara más en iniciativas regionales de impacto global podría conseguir más recursos, más visibilidad y más capacidad de acción con beneficio”.
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