Con arrullos y adivinanzas milenarias esta comunidad se resiste a la pérdida paulatina de su idioma, y también al desarraigo cultural. Buscando preservar la memoria y resguardar este patrimonio sonoro, un investigador del Doctorado en Estudios Amazónicos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) colaboró para construir un archivo digital de lenguas ancestrales como una promesa de que ese legado indígena será indeleble.

Leidy Marcela Londoño Angulo | Periodista de Unimedios Sede Amazoniashare

El arrullo magütá: un escudo de voz y ternura para proteger a los bebés de los peligros invisibles de la selva. Ilustración: William Ahué Parente, pintor magütá, ilustrador de los cantos y arrullos de las cartillas comunitarias.El arrullo magütá: un escudo de voz y ternura para proteger a los bebés de los peligros invisibles de la selva. Ilustración: William Ahué Parente, pintor magütá, ilustrador de los cantos y arrullos de las cartillas comunitarias.

Sobre la inmensa cuenca del río Amazonas, en la región fronteriza entre Colombia, Perú y Brasil, habita una comunidad que atesora enormes riquezas ancestrales: el pueblo magütá, que suele conocerse como tikuna fuera de los márgenes de este territorio. Aunque ha resistido los embates del tiempo y la occidentalización, esta población enfrenta hoy una situación crítica: la pérdida de su idioma y la debilidad de su cultura en algunos asentamientos.

Aunque las causas de esta realidad son diversas, dos factores inciden con más fuerza: el acelerado crecimiento de la población (según el DANE, se trata de la comunidad más numerosa de esta zona amazónica, con 13.000 habitantes solo en Colombia) y las carencias del sistema educativo. Por temor a que sufran discriminación, los padres han empezado a matricular a sus hijos en escuelas en las que solo se habla en español, razón por la que están surgiendo procesos de desarraigo. Otro elemento sumado al problema es la histórica influencia ejercida en la región por las misiones evangélicas —como la del Instituto Lingüístico de Verano—, pues desde mediados del siglo XX han propiciado el abandono paulatino de rituales ancestrales en pueblos como el de Cushillococha (Perú).

El investigador Alejandro Prieto Mendoza, candidato a Doctor en Estudios Amazónicos de la UNAL, fue testigo de esa vulnerabilidad y apostó por preservar la memoria de esta comunidad. Estimulado por haberse adentrado en el seno de sus asentamientos y por haber constatado la riqueza simbólica de sus costumbres, decidió enfocar su mirada académica en un sector poblacional ignorado por la antropología clásica: la primera infancia.

Arrullos que protegen de espíritus y peligros

Lejos de centrar su estudio en los grandes chamanes o en la gestión territorial, el investigador Prieto se propuso entender la vida, la salud y la cultura magütá desde la intimidad de una madre meciendo a su bebé en una hamaca.

Alejandro vivió y convivió con las comunidades magütá, una experiencia vital que lo cautivó y le permitió revelar hallazgos fascinantes sobre cómo ellos conciben la existencia. Uno de esos descubrimientos fue el canto de cuna tradicional Wawae,que no solo da cuenta de una antigua influencia quechua en la región, sino que es más que una simple melodía para invocar el sueño de los niños o jugar con ellos.

Wawae adquiere su verdadera dimensión: es un escudo protector, una curación cantada que defiende el espíritu del bebé contra una enfermedad grave o daños espirituales.

En la naturaleza magütá todo ser vivo o existente (duü̃xü̃) posee cuatro principios esenciales: vitalidad (maxü̃), pensamiento (naãẽ), poder o fuerza (pora), y sabiduría (cuax). Sin embargo los recién nacidos todavía no han forjado esas características, por eso se les considera como seres inestables en su estructura vital, o se les comprende como inmaduros, blandos o “verdes”, carentes de la fuerza necesaria para defenderse solos en el mundo.

Además, en el corazón de las tradiciones magütá se cree que los niños recién nacidos aún huelen a sangre, lo cual se entiende como un poderoso imán de entidades peligrosas.

Es aquí en donde el arrullo Wawae adquiere su verdadera dimensión: es un escudo protector, una curación cantada. A través de estas melodías —caracterizadas por un tono agudo y la vibración de los labios de la madre— se defiende el espíritu del bebé para evitar que sufra una grave enfermedad o daños espirituales (el cutipo), que se pueden originar por los espíritus invisibles(ngaite), por los espíritus demoníacos que dañan el bienestar(ngo̠xo), o por animales como el jaguar (ai), el perro (airu), la vaca (woka) y el gallinazo (ngurucu).

Canción del Tucunaré (Tucunariarü baxü) en la voz de Dorissa Guerrero, maestra bilingüe e investigadora comunitaria magütá. Esta pieza es un ejemplo del arte verbal de los pobladores de esta comunidad, quienes en sus cantos imitan o mencionan elementos de la naturaleza como el pez tucunaré). Al entonar la melodía en las aulas, la maestra les enseña a los niños la conexión vital con el entorno y fortalece el uso de la lengua materna. Cortesía de Aguajito Ediciones. Recopilación y edición de Alejandro Prieto Mendoza como parte de su tesis doctoral (UNAL Sede Amazonia) y el proyecto Ardilia.

El canto se convierte entonces en una advertencia a estas fuerzas espirituales; les dice que los padres están vigilantes ante cualquier peligro. Es por eso que el arrullo jamás se debe cantar en el espesor del monte ni a altas horas de la noche, sino de día y en espacios domésticos.

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