Cada año, los Nʉkak – el último pueblo de tradición nómada contactado oficialmente en Colombia- dejan nuevas palmas de milpesos en la Amazonia, un legado construido durante generaciones que hoy está siendo arrasado por la deforestación y la transformación acelerada de la selva.
Diana Manrique Horta | Periodista Unimedios- Sede Bogotáshare
Álvaro, un integrante del pueblo Nʉkak, sostiene plántulas de milpesos que se cultivan en la selva por generaciones. Fotos: Lina Marcela Bolívar, estudiante de la Maestría en Estudios Amazónicos de la UNAL Sede Amazonia
Para los Nʉkak, el yâbm —o palma milpesos (Oenocarpus bataua)— no es simplemente una especie del bosque amazónico. De ella dependen buena parte de su alimentación, sus recorridos por la selva, su memoria colectiva y hasta su idea de bienestar y de lo que significa ser “gente verdadera”.
Una investigación desarrollada en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia documentó que este pueblo, considerado el último de tradición nómada contactado oficialmente en Colombia, no solo consume y aprovecha esta palma, sino que ha modelado durante siglos extensos milpesales mediante prácticas intencionales de propagación, cuidado y manejo del bosque.
La profesora Dany Mahecha, del Grupo de Investigación Pueblos y Ambientes Amazónicos, advierte que “no se trata de que los Nʉkak se hayan occidentalizado, sino de que Occidente llegó a ellos y los abrumó con condiciones adversas”.
Hoy este pueblo habita entre los ríos Guaviare e Inírida, en un resguardo de 954.480 hectáreas al oriente de San José del Guaviare. “Desde 2004 varios grupos viven en situación de desplazamiento en San José, con enormes dificultades, aunque la mayoría de la población todavía permanece en su territorio”.
Allí ya no se mueven tanto como antes, pero hay una “movilidad logística”: viajes a la selva para traer frutos, cacería o materiales, también para visitar y revisar sitios importantes en su selva, como huertos y bosques de palmas y árboles útiles o para trabajar en fincas de colonos. Esa movilidad los conecta con lo que sigue siendo su base de vida, pero cada vez deben recorrer mayores distancias.
Lina Marcela Bolívar Betancur, estudiante de la Maestría en Estudios Amazónicos, agrega que “lo que vemos hoy es que cada vez los Nʉkak tienen su selva más lejos; los alimentos, la cacería y los frutos que sostienen su vida cotidiana están más distantes, y eso amenaza directamente no solo su soberanía alimentaria sino también su bienestar general en todas las dimensiones de su vida”.
Cerca del 70 % de la población vive dentro o en las inmediaciones del resguardo, la mayoría en asentamientos permanentes instalados en antiguos huertos, muchos de ellos cerca de carreteras y zonas deforestadas.
Para los Nʉkak la palma milpesos no es un fruto más, sino la base de su nutrición y de su vida social.
Esa constatación motivó su investigación sobre la relación de esta comunidad con la palma milpesos, especie que no solo asegura gran parte de su nutrición, sino que además constituye la memoria, la identidad y el territorio del pueblo Nʉkak, ya que los milpesales (bosques de milpesos) actúan como marcadores territoriales.
Una palma que nutre y teje identidad
Para los Nʉkak, la palma milpesos no es un fruto más, sino la base de su nutrición y de su vida social. Su jugo contiene los nueve aminoácidos esenciales que el cuerpo humano no produce, lo que lo convierte en un alimento comparable con la leche materna, el huevo o el aceite de oliva.
De su fruto preparan el yâbm uru, un jugo espeso y nutritivo, y el yâbm chʉ́i, una masa suave y grasosa que se consume con entusiasmo en los campamentos.
A partir de la investigación se calculó que los Nʉkak como pueblo consumen unas 177 toneladas de frutos de yâbm al año, lo que equivale a un promedio de 190 kilos por persona, cifra que refleja la centralidad de esta palma en su dieta y bienestar.
En el embarazo y el nacimiento de un bebé, en los rituales de pubertad y en la vida cotidiana, nunca puede faltar lo que ellos llaman “el jugo de yâbm”.
“Es una de las plantas que los constituye como persona, como gente, lo que los mantiene sanos y con buen ánimo, lo que para ellos significa ser ‘gente verdadera’, que es ética de vida, de ser solidarios, tener buen ánimo, buen humor, ser buen compañero”, explica la estudiante Bolívar.
De izquierda a derecha la profesora Mahecha y la estudiante Bolívar, junto a Patricia y Yina, integrantes del pueblo Nʉkak, durante un encuentro educativo.
El milpesos también es una especie longeva, ya que puede tardar de 27 a 40 años en dar sus primeras flores. Los milpesales son marcadores de movilidad ancestral y lugares donde revive la historia oral. Allí se recuerdan los pasos de los mayores y se proyecta el futuro, porque cada generación deja nuevas semillas para quienes vienen.
“Son la memoria viva de este pueblo, no forman parte de una selva prístina sino de un bosque trabajado, cuidado y transmitido a lo largo del tiempo. Perder sus palmas significa perder la posibilidad de ‘ser gente verdadera’”, señala la antropóloga Mahecha.
Además, tiene múltiples usos: sus hojas sirven para fabricar canastos y techos; de sus fibras nacen los dardos de cacería; y de los troncos viejos se crían larvas de mojojoy, un alimento valioso por su aceite y sus proteínas. Así, cada parte de la palma los acompaña en su vida diaria, en sus rituales y en su concepción de lo que significa estar bien en la selva.
Investigar con los Nʉkak, no sobre ellos
El trabajo de la estudiante Bolívar se desarrolló con un enfoque participativo, en diálogo directo con las comunidades. Para superar barreras lingüísticas y facilitar la reflexión colectiva se usaron herramientas como el “cine caja” —un dispositivo con imágenes en movimiento que les permitió a los Nʉkak observar y comentar sus propios procesos—, y kits etnobotánicos con fotografías de las palmas, sus usos y sus frutos.
Además, los recorridos por la selva, práctica que ellos hacen y que podría traducirse como ‘selvar’ (caminar, hablar y aprender en la selva), fueron esenciales para registrar el vínculo cotidiano con estas plantas.
El estudio evidenció que los milpesales no son el resultado del azar ni de simples descartes de semillas, como se insinuó durante años, sino de un manejo intencional que ellos llaman chǐ -a-hǎt “hacer nacer y hacer crecer”, es decir limpiar el suelo, elegir sitios con humedad y sombra, calentar semillas y acompañar su germinación, en alianza con aves y mamíferos que ayudan a dispersarlas.
La investigadora Bolívar Junto a los jóvenes, buscan semilleros de milpesos en Puerto Flores.
Según las fórmulas para dimensionar el impacto de la propagación Nʉkak de esta palma en el territorio, la proyección realizada por la investigadora Bolívar evidenció que cada año cada persona deja un legado de 10 palmas que serán adultas al cabo de unos 30 años. Sin embargo, “en las actuales condiciones de deforestación, aunque se siguen haciendo semilleros, las condiciones ambientales ya no son las más apropiadas para que esta palma crezca, pues esta, al igual que los Nʉkak también necesita de la selva para vivir”, anotan las investigadoras.
De igual manera, a partir de las fórmulas creadas en esta tesis para medir el impacto de su propagación, se estima que en los últimos 200 años los Nʉkak han dejado unas 835.000 palmas de milpesos en su territorio, que hoy son adultas.
“Lo más importante fue mostrar que los Nʉkak no son simples recolectores, sino administradores de la selva. Son jardineros cuidadores que con su movilidad van dejando bosques trabajados que sostienen la vida”, afirma la estudiante Bolívar. Por su parte, para la profesora Mahecha la conclusión es contundente: “cada día se tumban más sectores de su territorio. Proteger los milpesales es proteger a los Nʉkak y a la Amazonia misma”.
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