por Neil Edward Schlecht
Stan Wawrinka, talento de eclosión tardía, campeón de tres Grand Slam en una amplia carrera y ex No. 3 del mundo, colgó la raqueta rodeado por los suyos, en el Swiss Indoors Basel, este martes a los 41 años.
La belleza, a menudo, es escrita como algo devastador. La potencia, también.
Stan Wawrinka, el talento suizo que levantó tres Grand Slam a lo largo de una fascinante carrera de 24 años, fue un tenista atípico cuyo juego encontraba el equilibrio entre la hermosura y la fuerza bruta. Y supo emplear ambas con un efecto demoledor.
El suizo será recordado siempre por algo que el tenis moderno se empeña en olvidar: el revés a una mano. Wawrinka es el epítome del golpe: bonito, elegante, ordenado. Fue, también, el tiro más duro y pesado en el circuito.
El revés de Wawrinka era tan particular que, en 2014, la revista de The New York Times publicó una pieza gráfica en 2014 dedicada exclusivamente a analizar el golpe en detalle. En ella, se argumentaba por qué el suizo podría ser el salvador de un tiro en claro peligro de extinción.
Ese revés se afloró en todo su esplendor en la final de Roland Garros 2015 ante el primer tenista del mundo, Novak Djokovic. En pleno tercer set, el serbio – claramente desbordado y con problemas para mantener el ritmo – conectó un angulado revés. Wawrinka se desplazó hasta el pasillo de dobles, bajó su hombro derecho, abrió su pecho y conectó un misil por el lateral de la red. La pelota aterrizó en la esquina, dejando una huella impecable entre la línea lateral y la línea de fondo. Djokovic quedó petrificado.
Fue un instante que combinó poderío y artesanía. Durante toda la tarde, Wawrinka golpeó con fuerza ante Djokovic – amedrentando a un maestro del fondo, alguien que había vencido al Rey de la Arcilla Rafael Nadal en los cuartos de final, aparentemente próximo a completar la colección del Grand Slam. Sin embargo, fue Wawrinka quién levantaría el título, su segundo grande. El suizo cerró la victoria con otro majestuoso revés paralelo bajo la admiración de París.
John McEnroe llamó a Wawrinka “el mejor revés a una mano de este deporte». Actualmente, apenas seis figuras del Top 100 usan lo que muchos consideran el golpe más bello del tenis. El circuito ha disfrutado en los últimos tiempos con reveses a una mano de gran factura, incluyendo el de Gustavo Kuerten, Roger Federer, Richard Gasquet, Dominic Thiem y Justine Henin. Pero ninguno ha transmitido la sensación letal que imprimía Wawrinka.
Wawrinka conoció la gloria ATP Masters 1000 en el Rolex Monte-Carlo Masters 2014. Fotografía: Julian Finney/Getty Images
Jugador de Grandes Partidos
No es un detalle menor: las tres victorias de Wawrinka en Grand Slam se culminaron con partidos dominantes ante el No. 1 mundial. Su apelativo ‘Stan the Man’ fue ganado a pulso: encarnaba todas las características de un jugador de grandes partidos.
En todas esas ocasiones, Wawrinka desplegó un tenis estelar. Agresivo, penetrante y – para los puristas que aprecian algo de fuerza junto a la gracilidad – un tenis hermosísimo. Derrotando a Djokovic por partida doble y a Nadal en una ocasión, Wawrinka coleccionó infinidad de golpes duros, una precisión inmensa al servicio y un artístico revés. Jamás pareció un mero invitado a la fiesta.
En la final de Roland Garros 2015, Wawrinka conectó 60 golpes ganadores por apenas 28 de Djokovic. En la final del Abierto de Australia 2014, el suizo disparó 51 golpes ganadores, dejando a (un mermado) Nadal en apenas 20 en Melbourne.
Wawrinka reservó sus mejores actuaciones para las finales. Entre 2014 y 2016, el suizo ganó 11 partidos decisivos de forma consecutiva. En los grandes, firmó triunfos ante cada miembro del Big Four. Además, terminó su carrera con un balance de 5-4 ante No. 1s en Grand Slam. Y en los cuatro partidos de major que Wawrinka perdió ante No. 1s, tres se decidieron en cinco parciales (todos ante Djokovic), incluyendo un choque inolvidable en el Abierto de Australia que terminó 12-10 en la quinta manga.
Djokovic lo reconoció con precisión tras perder ante Wawrinka en la final de Roland Garros. “Hace su mejor tenis en los grandes partidos. Merece, sin lugar a dudas, ser mencionado en el grupo de los mejores jugadores”.
También, como dijo un usuario de Reddit tras el tercer Grand Slam de Wawrinka, en el US Open 2016: “El Stanimal sale apenas una vez por año, pero cuando lo hace es mejor que corras y te escondas”.
Wawrinka ostenta otra gran distinción: el récord de más partidos a cinco sets en Grand Slam disputados en la Era Abierta: 49, con un balance positivo de 26-23. Es uno más de los disputados tanto por Djokovic como por Federer. Contando todos los torneos, Wawrinka comparte el récord de más partidos disputados a cinco sets (58).

Djokovic y Wawrinka se abrazan en el US Open 2013. Fotografía: Timothy Clary/AFP via Getty Images
Durante la última visita de Wawrinka al Abierto de Australia a principios de temporada, el suizo protagonizó otra épica a cinco mangas, superando al francés Arthur Gea 4-6, 6-3, 3-6, 7-5, 7-6(3) durante una intensa batalla de cuatro horas y 33 minutos. Desde entonces, Gea se ha convertido en uno de los tenistas revelación del año.
Durante cerca de 25 años en el circuito, Wawrinka acumuló 16 trofeos. Además de sus tres Grand Slam, Wawrinka pisó una cuarta final grande, en Roland Garros 2017, y venció a Federer para conquistar su único ATP Masters 1000 en Montecarlo en 2014, el mismo año en que ayudó a Suiza a ganar su primer título de Copa Davis. Antes, formó pareja con su compatriota para ganar el oro en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008.
A pesar de tantos éxitos, incluyendo la permanencia en el Top 10 por cinco años seguidos (2014-2017), la carrera de Wawrinka estuvo marcada por la inconsistencia, especialmente en torneos de menor cartel. Junto a ese 3-0 ante No. 1 mundiales en finales de Grand Slam, el suizo firmó un discreto 2-20 en el resto de partidos ante No. 1s.
En general, Wawrinka apiló un balance bastante desfavorable ante el Big Three: apenas un 9-63. Aunque mantuvo la mirada a Djokovic con un 4-4 en Grand Slam, Wawrinka apenas pudo sumar en toda su carrera un triunfo ante Nadal y otro ante Federer. El mejor balance de Wawrinka ante un miembro del Big Four fue ante Murray: 10-13. Siendo juntos, nueve de esos 10 triunfos sobre el escocés llegaron en ‘grandes’ eventos: Roland Garros (tres veces); US Open (dos); torneos ATP Masters 1000 (tres veces); y la Copa Davis.
“Creo que es muy infravalorado en los debates”, reconoció Djokovic. “Ha ganado la medalla olímpica de oro, tiene tres Grand Slam y una carrera impresionante”.
A pesar de logros dignos del Salón de la Fama – incluyendo el mismo número de majors que Murray – Wawrinka fue el primer jugador en reconocer que no pertenecía a la misma clase que el Big Four. Tras ganar el US Open 2016, Wawrinka dijo: “Estoy muy lejos de ellos. Echen un vistazo a los torneos que han ganado, y cuántos años llevan ahí”.
Eclosión tardía
La mayoría de campeones múltiples de Grand Slam irrumpen a una temprana edad, durante sus dos primeros años en el circuito, y protagonizan un ascenso meteórico en el ranking. No fue el caso de Wawrinka. Stan caminó a un ritmo más lento. El suizo no alcanzó las semifinales de un Slam hasta su 35ª participación. Además, levantó su primer major apenas dos meses antes de cumplir los 29 años.
Fed apodó ‘Diesel’ a su compatriota, por esa habilidad para ganar fuerza con el avance del partido. Ese apelativo también podría describir el tiempo que empleó el suizo para soltarse hasta alcanzar el máximo nivel en su carrera.
Stan no fue un prodigio desde la infancia. El joven Stanislas comenzó a jugar a tenis con ocho años, y apenas practicaba una vez por semana hasta que cumplió 11. Desde entonces, Wawrinka comenzó a entrenar tres veces a la semana. Alrededor de ese momento, un entrenador cambió la empuñadura de su revés, pasando de dos manos a una. Pese a todo, no empezó a jugar de manera competitiva hasta los 12 o 13.
Wawrinka se hizo profesional en 2002 a los 17, y necesitó tres años para alcanzar el Top 100. Stan llegó por primera vez al Top 10 en 2008. Sin embargo, el suizo no completó su verdadera irrupción hasta 2014, unos 12 años después de hacerse profesional. Wawrinka tenía cerca de 29 años cuando ganó el Abierto de Australia esa temporada, convirtiéndose en uno de los campeones de Grand Slam más veteranos de los últimos 30 años. Además, llegó a ser el No. 3 del mundo. Cuando ganó el US Open 2016, con 31, se convirtió en el campeón masculino individual más veterano en Flushing Meadows en más de cuatro décadas.
Dado que Wawrinka tardó en dejar huella en los grandes escenarios, quizá no sorprenda que estirase su carrera todo lo posible. Y que ese gran motor diésel todavía tuviera fuerzas durante su quinta década en el planeta.
Wawrinka con apenas 18 años, gana Roland Garros en categoría junior en 2003. Fotografía: Christophe Archambault/AFP via Getty Images

Wawrinka junto a su entrenador Magnus Norman. Fotografía: Christophe Saidi/Getty Images
El Hombre de Todos
Poco después de ganar su primer grande en París, Wawrinka cambió oficialmente su nombre, pasando de Stanislas (de orígenes familiares polacos) a Stan. Fue un cambio coherente, alineado con su estilo cercano con todos.
Aunque Wawrinka se convirtió en uno de los mejores tenistas de la Era Abierta, durante gran parte de su amplia carrera jugó un papel secundario en un país pequeño y coqueto como Suiza. Stan no tuvo demasiada opción en las comparaciones con su compatriota Roger Federer.
Wawrinka no creció para convertirse en un campeón de tenis. No era un chico salido de una prestigiosa academia de tenis en España o Florida. Stan creció en un pueblo cercano a Lausana, en una pequeña granja familiar, donde se empleaba a personas con discapacidades intelectuales, así como a afectados por depresiones y adicciones. El padre de Wawrinka era granjero y trabajador social, y su madre era maestra. Ambos criaron a sus hijos en las escuelas Rudolf Steiner, basadas en la antroposofía, o ‘ciencias espiritual’. La escuela se enfoca en la educación holística de ‘la cabeza, el corazón y las manos’ (intelecto, sentimiento y deseo) a través de la expresión artística, el pensamiento independiente y el equilibrio emocional.
Siempre con el pelo alborotado y corpulento, Wawrinka tenía una estructura más propia de un tosco jugador de rugby que de un grácil tenista como Federer. Stan parecía un vecino cualquiera, alguien al que podrías encontrarte en el pub del pueblo. Y eso era una posibilidad real: el suizo estaba tan nervioso antes de la final de Roland Garros ante Djokovic que convenció a su entrenador para salir y tomar un par de copas la noche previa al partido, con el objetivo de calmar la tensión. En el US Open, su última final de Grand Slam, Thiem explicó su experiencia tras la lesión. “Cuando pude recuperar un buen estado mental, sucedió la lesión. Después, nunca recuperé las mismas sensaciones en la derecha. Debido a eso, sufrí mentalmente, porque es complicado de aceptar. Esas dos cosas, física y mentalmente, siempre vienen juntas. Creo que la razón por la que me retiro joven es la mala suerte con la lesión de muñeca».
Stan fue el tipo que vistió un atuendo para la final – gris, rojo, con pantalones estampados, que The New York Times denominó “posiblemente los pantalones más horrendos jamás vistos en una pista de tenis” – quizá más apropiados en un dominguero en una campo local de golf que en la Court Philippe-Chatrier. A pesar de todo, Wawrinka los llevó como si nada. Después de su victoria, Wawrinka regaló esos pantalones a su entrenador, Magnus Norman, una prenda que conserva enmarcada en su casa.
“No pasaré a la historia de la moda”, bromeó Wawrinka años después. “La gente recuerda esos pantalones porque no eran los más bonitos”.
A pesar de su talante dominador sobre la pista, Wawrinka tenía una personalidad reservada, y siempre fue modesto sobre el lugar que ocupa en el tenis. Durante el homenaje recibido este año en Roland Garros, Wawrinka pareció menos enfocado en su enorme triunfo de 2015 que en la suerte de haber podido competir allí. “Crecí deseando participar en Roland Garros al menos una vez”, confesó.
“Nunca fue mi objetivo ganar un Grand Slam, ni ser No. 1 del mundo”, dijo tras ganar su tercer major, en el US Open 2016. “Pero voy paso a paso, intentando ser lo mejor que pueda”.
Admirado por su humildad y capacidad de trabajo, con una dedicación impecable al deporte, Wawrinka también atravesó largos periodos de inconsistencia profesional. El suizo bajó con frecuente a disputar torneos de categoría Challenger – incluso después de sus mayores éxitos en el circuito. Wawrinka ganó siete títulos en el ATP Challenger Tour, entre 2003 y 2020. Regresó a ese estamento cuando su ranking cayó al No. 84 en 2023, derrotando a Andy Murray en la final de Burdeos. Fue el primer duelo ATP Challenger entre dos antiguos campeones de Grand Slam en más de cuatro décadas.
“Le admiro por eso”, dijo Djokovic. “Ir a torneos Challenger, intentar reconstruir tu ranking, acumular partidos,… Eso dice mucho sobre su mentalidad y espíritu de campeón”.
Stan Se Despide
El anunció de retirada de Wawrinka a principios de 2026 fue algo único, un poema acróstico publicado en X. El poema deletreaba las palabras ‘pasión’ y ‘sueño’, definiendo su camino en el tenis profesional. El sistema escolar Rudolf Steiner estaría orgulloso.
En el Abierto de Australia, poco después, Wawrinka se confesó. “Tengo 41 años. Estoy llegando al límite. Mi sueño era parar jugando bien”. Durante su último partido en Melbourne, Wawrinka exigió al noveno cabeza de serie Taylor Fritz un tiebreak en el primer set y recuperó parte de su potencia, llevándose 6-2 el segundo parcial. Sin embargo, el suizo no tuvo piernas para llegar al quinto set una última vez. Después del partido, la grada australiana le arropó. Wawrinka se acercó al lateral de la pista y sacó un par de cervezas para compartirlas con el director del torneo Craig Tiley.
Y tras su último partido en Roland Garros, el escenario de su triunfo más especial, Wawrinka se dirigió a la grada: “Nunca quieres despedirte cuando sigues sintiendo pasión”, dijo Stan, que también reconoció su agradecimiento. “Pero sé que, al final, lo he dado todo por este deporte”.
‘Stan the Man’, como era conocido el suizo de manera cariñosa por aficionados y compañeros, llevó el apelativo con orgullo. A menudo lo portaba en la camiseta usada en los entrenamientos. Pero, en realidad, era un apodo adecuado para una personalidad como la de Wawrinka.
Siempre observador, Wawrinka tiene un tatuaje en su antebrazo izquierdo con unos versos del escritor irlandés Samuel Beckett. «Ever tried. Ever failed. No matter. Try Again. Fail again. Fail better.» (“Inténtalo. Falla. No importa. Inténtalo de nuevo. Falla de nuevo. Falla mejor”).
Wawrinka conoció el éxito. Conoció el fracaso. Tras un cuarto de siglo en el circuito, el suizo se despide feliz, habiendo recibido grandes dosis de ambas emociones sobre una cancha. Aunque eso le deje un escalón por debajo de los mejores jugadores en la historia del deporte.
Hay algo poderoso sobre la autoconciencia y la satisfacción. Y algo hermoso.
atptour.com
